Jesucristo, de ser tal como nos llega a través del Evangelio, debió ser un hombre extraordinario. No necesitaba ser hijo de un Dios ni hacer milagros para ser un hombre extraordinario, en su humildad y pobreza. Sus ideas, sus palabras, sus hechos, bastan. Lo mismo que bastan las ideas, palabras y hechos de Sócrates, otro hombre extraordinario. Jesucristo expulsó a los mercaderes del templo, y llamó a los fariseos “lápidas emblanquinadas” porque bajo la fachada de moralidad escondían la podredumbre de las tumbas. Es lo que hoy diríamos hipócritas. La paradoja es que los nuevos fariseos, los de ahora, dicen adorar a Jesucristo. Muchos son soldados de supuestas organizaciones espirituales como el Opus Dei, los Legionarios de Cristo, la Asociación Católica de Propagandistas que básicamente se dedican a perseguir el poder terrenal. A amasar y adorar el dinero. Muchos de estos nuevos fariseos, después de estafar a miles de personas (como, presuntamente, Ruiz Mateos), de despedir trabajadores a los que no ven como seres humanos, de arruinar el futuro de comunidades autónomas (como Paco Camps) se encierran a rezar en las capillas privadas que tienen en sus casas. Muchos son ministros, consejeros autonómicos, banqueros, obispos u otros altos cargos. Todos aman el poder y el dinero. Todos van a misa el domingo, y el lunes se reparten los despojos de España con crueldad avarienta de buitres. Es curioso que los nuevos fariseos sean quienes más presumen de amar a Cristo, porque, sin duda, si Jesús volviera a la Tierra, serían ellos, los poderosos, quienes le crucificarían.