Los orígenes de la mitología
nórdica son casi tan ancestrales y brumosos como los propios hechos legendarios
que la componen. Tanto es así que la semilla de muchos de sus relatos viene de
tiempos anteriores a la escritura. Se transmitieron oralmente y, por esta
razón, muchas de sus leyendas se han perdido para siempre en la noche de los
tiempos. Afortunadamente, varios textos medievales recogieron sobre el papel
gran parte de este caudal mitológico que, de otro modo, hubiera caído
irremisiblemente en el olvido. Nuestras principales fuentes son las Eddas y la Heimskringla de Snorri Sturluson y la Gesta Danorum de Saxo Grammaticus. Gracias a estos códices podemos hoy
reconstruir la cosmogonía nórdica, aquella que conformó las creencias de los
pueblos que habitaron las actuales Noruega, Dinamarca, Finlandia, Suecia e
Islandia. Un universo salvaje y trágico caracterizado por el choque entre dos
fuerzas naturales: las positivas, del orden, y las negativas, que llevaban
acaparada la destrucción.
Sin embargo, en la mitología
nórdica, al igual que en la griega, no se da una separación maniquea entre Bien
y Mal, como sí sucederá en el Cristianismo. Los dioses escandinavos tienen
matices, son imperfectos. Incluso Thor, protector de los hombres, es un ser
orgulloso, irreflexivo, capaz de errar. Tan falibles son las deidades de Asgard
que ni siquiera son inmortales, y requieren para mantener su eterna juventud
las manzanas de la diosa Iðunn. No
son tampoco inmunes a la tragedia: saben que su final, su destrucción, están
escritos.
En efecto, ya una völva (pitonisa) conjurada por Odín desde
más allá de la muerte vaticinó el fin de los dioses y su mundo en el llamado
Ragnarök, el día en que las fuerzas del mal sobrepasarían a las fuerzas divinas
que protegen el orden y a los hombres. Así pues, la visión del futuro es
sombría en la mitología nórdica, aunque otras fuentes hablan de un renacimiento
posterior tras la necesaria destrucción que conduce a la renovación.
Era cuestión de tiempo que José Rubio y José Miguel Cuesta,
dos autores que han aprendido a conformar uno solo, abordaran el inmenso caudal
narrativo que mana de Escandinavia e inventaran con él una novela. La obra que
tienes entre tus manos, El martillo del fin del mundo, es un destilado de
aventuras que nace de la rica fuente que nos lega la tradición del norte de
Europa.
Y digo que era cuestión de tiempo porque estos escritores han
manifestado innumerables veces la fascinación que sienten por la historia no
escrita, por las fuerzas invisibles, la magia, el ocultismo, el esoterismo que
recorren el devenir de cualquier civilización. Vivimos tiempos materialistas,
de fechas, datos y estadísticas, y eso nos impide ver que, reales o no, las
creencias en lo oculto han tenido un papel histórico en las decisiones y actos
de gobernantes y gobernados, de ejércitos y de pensadores. Y esa es una fuerza
que no se puede obviar. Un factor que determinó nuestro pasado y, por tanto,
nuestro presente.
“¿Qué sentidos nos faltan, que no podemos ver ni oír el mundo
invisible que nos rodea?”, se preguntó a este propósito Frank Herbert en su
novela Dune.
La obra de Rubio y Cuesta es extensa y ha tocado todos los
palos de la narrativa de entretenimiento, siempre con gran rigor literario:
terror, aventuras, histórica, fantástica, juvenil, erótica. Han cultivado
también el cuento y el ensayo. Pero dentro de este corpus existe siempre un
nexo común: la fascinación por lo mágico, fascinación que consiguen siempre
transmitir a sus lectores. Ya lo lograron brillantemente en Sol de misterio (Equipo
Sirius, 2008), obra que fue finalista del Premio Planeta y en la que bucearon
en el periplo espiritual y aventurero de Juliano, el emperador romano que quiso
renegar del Cristianismo y volver al culto de los dioses antiguos. Lo hicieron
también en La ciudad de las puertas de oro (Timunmas, 2006), en El
nombre sagrado (Premio Ciudad de Dueñas) o en El Durmiente (Edebé,
2007), obra que fue finalista del premio Torrevieja. Cualquiera de sus libros
supura esta capacidad de recrear, reconstruir, las creencias mágicas de los
pueblos del pasado.
A los variados terrenos que han pisado sus novelas se suma
ahora el de la mitología nórdica. Con El martillo del fin del mundo se
acercan al sugerente universo de Thor, Odín, Loki y las Valkirias con rigor de
estudiosos y pulso de narradores.
Se trata de una mitología guerrera, hija de un pueblo
luchador, acostumbrado a batallar contra hombres, bestias, contra la propia
naturaleza. José Rubio y José Miguel Cuesta no han desaprovechado esta fuerza
intrínseca para escribir lo que mejor saben: aventuras y correrías de un sabor
clásico al que, sin embargo, han sabido añadir un original tono de decadencia
muy alejado de los esplendores del Asgard y los dorados Aesir que habitualmente
nos muestran el cine, la literatura épica o el cómic.
El martillo del fin del mundo nos desvela una insólita visión de las
divinidades vikingas. Una historia trufada de combates, magia y erotismo que, a
su vez, a muchos servirá para descubrir la mitología que los habitantes del
norte de Europa construyeron en su intento de explicar el violento mundo que
les correspondió vivir.
Ahora un paisaje inhóspito y
nevado se abre ante nosotros. Monstruos, brujas, trolls y guerreros venidos de
entre los muertos nos acechan a cada paso. Es momento de pasar la página y adentrarse
en los mapas de la aventura.


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