Bueno, aquí uno se despide hasta septiembre. Este agosto me apañeré con una mochila, unos libros y una libreta. Dejo un viejo texto que he rescatado de la papelera donde guardo mis poemas.
¡Feliz verano!
Condones en la basura
Qué bonito es tener
Condones en la basura.
Miro mi papelera
Veo esas dos gomas usadas y pienso para mí:
“Qué mundo tan maravilloso”.
Siento plena y justificada mi existencia
Si un domingo por la tarde,
En mi habitación,
Vuelvo la cabeza y veo entre bolas de papel
Dos gomas amarillentas, anudadas y
Bien llenas de alegría.
Qué dulce fue la noche.
Qué llevadero el día,
Domingo de reflujo.
Dos veces supo a caramelo la madrugada.
Dos testimonios quedaron.
Los miro y son un conjuro salvador
Contra la certeza de que mañana es lunes.
jueves, 28 de julio de 2011
lunes, 25 de julio de 2011
hemingway en valencia
El otro día descubrí por casualidad que Ernest Hemingway concibió y escribió varios pasajes de Fiesta: the Sun also Rises, la novela que comenzó a fraguar su fama mundial, en el Hotel Inglés de Valencia. Últimamente, por trabajo, paso bastantes mañanas en este hotel. Y en los ratos muertos pienso y planifico las páginas que escribiré por la noche, ya que ahora escribo de noche, siempre acompañado por un vasito de rakja. Como me gustan los juegos de la imaginación, no he podido evitar cierta alegría al pensar que voy inventando mi historia en el mismo lugar en que lo hizo el viejo Hemingway. Eso no tiene mérito. Si por lo menos se me pegase un poco de su talento y energía… Eso sí que sería grande.
viernes, 22 de julio de 2011
subrayando a borges
Soy uno de esos tipejos que no pueden evitar subrayar mientras leen, sobre todo si son los cuentos de Jorge Luis Borges, a los que uno tiene que peregrinar de tanto en tanto como quien va a la Meca. Aquí van cosas que dice el ciego más clarividente en El libro de arena, un libro de mediados de los 70:
El periodista escribe para el olvido.
Siempre uno acaba por asemejarse a sus enemigos.
A todos la vida les da todo, pero los más lo ignoran.
No importa leer sino releer. La imprenta, ahora abolida, ha sido uno de los peores males del hombre, ya que tendió a multiplicar hasta el vértigo textos innecesarios.
Ávido lector de periódicos, le costó renunciar a esos museos de minucias efímeras.
El periodista escribe para el olvido.
Siempre uno acaba por asemejarse a sus enemigos.
A todos la vida les da todo, pero los más lo ignoran.
No importa leer sino releer. La imprenta, ahora abolida, ha sido uno de los peores males del hombre, ya que tendió a multiplicar hasta el vértigo textos innecesarios.
Ávido lector de periódicos, le costó renunciar a esos museos de minucias efímeras.
jueves, 14 de julio de 2011
y nadie la miraba
Es la ciudad. He salido de currar a las 18.30. Antes de pillar el metro me he detenido a ver la gente pasar en un parque que todos cruzan con prisas. Entonces he visto un pájaro que buscaba con su pico algo entre la hierba. Primero me ha parecido una paloma pero al fijarme mejor he descubierto que se trataba una garza, un ave imposible y fantástica en tierra urbana. La he estado observando. He disfrutado durante un rato de mi incredulidad. Han sido cuatro minutos, creo. Lo que tarda en fumarse un cigarro aunque yo no fumo.
Y nadie la miraba. Ni un solo transeúnte de las decenas que han pasado por delante de ella le ha prestado la menor atención. Un milagro invisible. El metro les reclamaba a todos para deglutirles. La siguiente cita, la siguiente anotación en la agenda, les empujaban al abismo de empalmar los días sin levantar los ojos de los propios zapatos.
Y nadie la miraba. Ni un solo transeúnte de las decenas que han pasado por delante de ella le ha prestado la menor atención. Un milagro invisible. El metro les reclamaba a todos para deglutirles. La siguiente cita, la siguiente anotación en la agenda, les empujaban al abismo de empalmar los días sin levantar los ojos de los propios zapatos.
martes, 12 de julio de 2011
palabras repetidas
Antes, cuando escribía, releía mil veces un párrafo temiendo encontrar palabras repetidas. Creía que repetir un verbo o un sustantivo en diez líneas era una cagada. Evitaba los adverbios terminados en “mente”, siguiendo el consejo de García Márquez. Ajustaba cada coma a más no poder. Me preocupaba por la musicalidad y el ritmo del párrafo o de la frase. Los sesenta cuentos que escribí en Londres (todavía inéditos) me dejaron agotado, desecado, de tanto buscar la imposible perfección. Ahora necesito escribir de otra manera. Si Hemingway, Faulkner o Steinbeck repiten el mismo adjetivo hasta cansarse, repetir palabras no puede ser tan malo. En fin, que desde hace meses me sale contar las cosas de otra manera y, como en lo de escribir jamás me hago preguntas sino que obedezco al instinto, así escribo hoy. Ay, si uno fuera capaz de transmitir una gota de los mares de verdad que hay en cada página de Hemingway.
martes, 5 de julio de 2011
Emili Gisbert

Emili Gisbert.
No puedo llamarme su amigo. Si lo hubiese sido, me hubiera esforzado por saber de él. Le hubiera llamado o escrito o visitado de vez en cuando. Hubiera mantenido el contacto pese a los años transcurridos como he hecho con otras personas de otros ámbitos. Pero no lo hice. Supongo que son cosas que pasan.
Me he enterado por los periódicos de que Emili Gisbert, el mejor periodista que conoceré, ha muerto.
No puedo llamarme su amigo, pero sí puedo decir que es el hombre que me enseñó de verdad a ser periodista (hay otro, pero ya hablaré de él en otra ocasión). Era un hombre bueno, justo, con un par de huevos. Con un estricto sentido de la nobleza. Algo rarísimo de encontrar en la redacción de un periódico. Fue una suerte descubrir que existía una persona así. Alguien que vivía el periodismo como una misión. Como un oficio. Un hombre que pensaba que el periodista tiene una responsabilidad social. Que no es un simple asalariado que hace lo que le dicen y que ficha a las ocho. Emili no tenía horario. Era lo que era las veinticuatro horas del día.
Es importante tener referentes en la vida. Te ayudan a no perder el norte. Emili, su magisterio, lleva diez años siéndolo para mí, y lo será mientras estos dedos tengan algo que teclear.
Hoy se ha escrito mucho sobre él. Sobre que con él se extingue un tipo de periodismo, sobre su impresionante trayectoria. Por eso no me extenderé en esas cosas, también dolorosas, por otra parte.
Tampoco quiero escribir un texto sentimental. No tengo derecho a hacerlo. Me limitaré a contar mi parte, que es muy modesta, pero quizás alguien la quiera escuchar:
A Emili Gisbert le conocí cuando tenía yo 22 años. Él iba camino de los 50. Fue durante casi un año mi jefe en la sección de sucesos. Era la delegación de Valencia del diario El Mundo. Por cierto que él jamás se refirió a sí mismo como jefe. Entonces yo era un muchacho por hacer (ahora soy un treintañero por hacer). Muy tímido, muy inseguro. Incapaz de moverme bien en aquel mundo de egos superlativos.
Aquel hombre me impresionó. A todos les impresionaba. Era nieto del último alcalde republicano de Valencia. Había viajado a la selva mexicana para encontrar a la guerrilla (estuvo a punto de morir a machetazos) y a la Rusia del golpe de estado de Boris Yeltsin. Había estado en la cárcel en los coletazos del franquismo. ¿Cómo me sentiría yo, muchacho perdido lleno de sueños, trabajando al lado de un hombre así, aprendiendo de él?
Él era el mejor periodista criminal y de tribunales de Valencia. Había otros buenos, pero ninguno tenía su rectitud ni su humanidad. Otros estaban podridos. En parte o totalmente. A él le movía la pasión por la verdad. Emili bebía, amaba la jarana, la conversación y la noche. Llamaba “fogoneros” a los que hacían las cosas de verdad en los periódicos y se emocionaba cada vez que oía el verso “cronista de sucesos” en la canción La del pirata cojo de Joaquín Sabina.
Mientras le tocó ejercer de maestro se comportó conmigo como un maestro. Le salía espontáneamente. Sin vanidad. Con generosidad. Jamás menospreció a nadie. Ni al más torpe de los becarios (que, por cierto, le adoraban). Cada segundo a su lado era un aprendizaje. Manejaba a los podridos y los malvados con sus interrogatorios agresivos y avispados. Y siempre les arrancaba la noticia. El dato. Si algo le movía era la sed de justicia. Creía en la justicia, odiaba a los hijos de puta y sabía enfrentarse a ellos sin ser como ellos.
Él, que no era escritor, me dio la lección literaria más importante de mi vida. Creo que ni siquiera se dio cuenta de que una frase suya determinó mi manera de escribir:
Estaba trabajando yo en un artículo sobre una anciana internada en una residencia “de lujo” a la que habían abandonado hasta la muerte. Con vanidad bastante pueril, quise demostrar lo buen escritor que era y adorné los padecimientos de la anciana con todo tipo de florituras. Emili no solía corregirme, pero aquella vez sí lo hizo. Leyó el artículo y me dijo: “No, no, no. Borra esto. Pon el parte médico tal como lo hizo el médico. Cítalo directamente. No lo adornes”.
Así lo hice y de inmediato me di cuenta de que el reportaje, ahora sí, emanaba verdad. Eso lo tengo presente cada vez que escribo. Eso me lo enseñó Emili.
Aquel no era mi mundo. No sirvo para estar en una redacción. No me creo sus códigos ni sus normas. Ni la tendencia de algunos periodistas a automitificarse, como si la ciudad entera estuviese pendiente de ellos. Pero puedo decir que durante un año y pico de mi vida fui periodista de sucesos. Y si no lo hice del todo mal fue gracias a este hombre generoso que usaba los tacos con un arte espectacular.
Mis últimos días en El Mundo fueron absurdos. No fue una buena etapa para mí. Rompí con una chica después de cinco años. Fue duro. Terminé la carrera y me vi arrojado al depredador mundo exterior. Me distancié de mis amigos. Llegaba a casa del trabajo y mis padres dormían ya. Luego madrugaba para ir a clase. Fumaba tres paquetes de tabaco al día. Vivía muy perdido, sin equilibrio. Sin saber adónde iba. En cierto modo fue por eso que dos años después terminé en Serbia. Pero esa es otra historia.
Recuerdo mi último día allí. Al terminar la página del día, mi última página, me tomé una cerveza con Emili y con un fotógrafo en el bar Congo, su santuario. Luego me llevó a casa en coche. Y al despedirse de mí, me dijo: “Si quieres ser periodista de verdad, adelante. Pero tienes que saber que este oficio es una rueda que te coge y no te suelta jamás”.
Tenía razón: aunque la vida me ha llevado por las profesiones más insospechadas, jamás he dejado el periodismo. Ni en Serbia ni en Bruselas ni en Italia ni en Londres. Soy feliz escribiendo reportajes. Y cuando escribo siento esa sed de verdad que tantos mamamos de Emili Gisbert.
Le reencontré de manera inesperada en 2007. Era la presentación de mi primera novela. Me senté en la mesa y le vi entre el público. Sonrió al ver mi sorpresa. Llevaba años sin verle. Emili era un hombre que llamaba la atención: al terminar el acto varias personas me preguntaron quién era aquel señor con sombrero blanco, bastón y ojos brillantes. Les dije que el hombre que me enseñó a ser periodista.
Se llevó mi novela dedicada. Espero que le gustase, aunque, por lo que me comentó sobre sus lecturas preferidas, sospecho que no. Quizá por ser periodista de sucesos y saber lo que es la violencia de verdad, le molestaba la violencia estética. Eso lo sé porque una vez me riñó por citar en un artículo a alguien que decía que la víctima de un accidente había quedado “clavada en los hierros como un pincho moruno”. Me dijo que eso era indecente. Entonces no comprendí el sano enfado de Emili. Ahora, diez años después, sí.
Tras ese encuentro hablamos una vez más por teléfono, pero no retomamos el contacto. No puse empeño en ello.
El pasado mes de febrero regresé a Valencia después de dos años en Londres. Un día pasé en coche por la avenida de Peris y Valero y le vi caminando hacia Ruzafa: un señor con sombrero blanco y bastón que avanzaba despacio. Aunque estaba de espaldas, le reconocí. Era él, pero estaba demasiado lejos para detenerme.
Al llegar a casa pensé en buscar su teléfono en la vieja agenda roja, la que nunca abro ya. Pero no lo hice. Esa será para siempre la última vez que vi a Emili Gisbert.
En fin, no quiero alargarme. Lo único que quería decir es que lo que hay en mí de periodista me lo dio Emili Gisbert. Que su magisterio me determinará siempre. Que me jode no haber estado hoy para despedirle. Devolverle la visita que me hizo en 2007. El consuelo que me queda es que la noticia de su muerte me ha pillado trabajando en un reportaje. Seguro que si lo supiese me lo perdonaría.
lunes, 4 de julio de 2011
la viuda de max burke
La cada vez más multidisciplinar Anabel Zaragozí se ha currado esta ilustración para un cuento aquí mío titulado La viuda de Max Burke. Pongo más abajo un cacho del relato para que se entienda.

Lorraine Selway conoció a Max Burke durante el rodaje de Alas de sombrero en 1977. En la película, la joven interpretaba un brevísimo papel de apenas unas frases. Burke estaba en el plató casualmente. Había ido a ver a su viejo amigo, el director John Mundsley. Fue éste quien les presentó. Ella tenía 25 años. Él 74. Un mes después Lorraine se convirtió en la quinta esposa de Max Burke.

Lorraine Selway conoció a Max Burke durante el rodaje de Alas de sombrero en 1977. En la película, la joven interpretaba un brevísimo papel de apenas unas frases. Burke estaba en el plató casualmente. Había ido a ver a su viejo amigo, el director John Mundsley. Fue éste quien les presentó. Ella tenía 25 años. Él 74. Un mes después Lorraine se convirtió en la quinta esposa de Max Burke.
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