Hoy mismo, con permiso del volcán, me cojo el avión para Bristol, bellísima y bohemia ciudad del sur de Inglaterra, con un no sé qué alegre y pirata. Me voy para allá a dar una charla sobre Valencia. Será el viernes 27 de mayo a las 19.30 horas en la Bristol University, Hispanic Department, 15 de Woodland Road. Tengo que dar las gracias al Círculo Español de Bristol por su invitación y por haberme dado la oportunidad de bucear en la historia e historias de Valencia. Me voy para allá con unos cuantos relatos que contar sobre la ciudad que llevo 32 años pisando, y sobre la que hay tanto que decir. A ver si logro contagiar la pasión y curiosidad con las que he redescubierto la historia y los rincones de Valencia en los últimos meses. Pásense por allí, pasaremos un buen rato.
Luego de Bristol he quedado con una ex novia frívola y dura, pero cautivadora y generosa: Londres. En la maleta me he dejado un hueco reservado para libros.
miércoles, 25 de mayo de 2011
lunes, 23 de mayo de 2011
presentación ‘diástole’, de emilio bueso, en valencia

No lo olviden. Mañana a las 19.00 estaremos presentando en la Fnac de Valencia (Guillem de Castro, 9-11) Diástole (Salto de Página), la nueva novela de Emilio Bueso. Después de años sin lanzar una nueva criatura al mercado, Bueso nos ha sorprendido con una deslumbrante y hábil revisión del mito del vampiro. Tanto que me lo he tenido que pensar dos veces antes de utilizar la palabra vampiro. La historia empieza como una gota negra que cae. Luego se expande dentro de quien la lee despacio, como una mancha de petróleo primero, como una marea después. Es un relato minimalista, con gran economía narrativa, de personajes y elementos de suspense, pero esa contención amplifica el efecto dramático y terrorífico. El goteo de información y los giros están tan sabiamente dosificados que la tensión crece imparable noche a noche en las cuatro madrugadas que encierran la historia.
Emilio Bueso es un genuino escritor del miedo. No se explica de otro modo la manera tan auténtica y efectiva en que ha tomado los elementos más infalibles de la literatura vampírica (la mezcla de bestialidad y humanidad, la morada-cubil, el sirviente, el amor inmortal) para destilar un cóctel propio en el que Chernobyl, los servicios secretos rusos, el arte posmoderno y la heroína casan perfectamente con una maldición milenaria.
No desvelo más aquí. Pues Diástole es como esos escritorios renacentistas cuyos compartimentos secretos se nos van desvelando giro a giro, al ritmo de toda una serie de mecanismos ocultos. Anímense a disfrutar de esta lectura sorprendente. Estoy convencido de que va a dar mucho que hablar. Si existe una tradición de literatura vampírica española, Diástole supone su furiosa renovación. Una puesta a punto del género para el lector del siglo XXI.
Vénganse mañana y descubran el pastel.
Otra cosa:
El club de lectura especializado en novela criminal Las Casas Ahorcadas, que cuenta con Sergio Vera como gran agitador, ha puesto en marcha su primer concurso de microrrelatos. Bajo el título Se ha escrito un micro-crimen (muy bueno, por cierto) se reta a todo escritor que se atreva a meter una historia negra en menos de 500 palabras. No es tarea fácil, si uno lo piensa bien. Quien se atreva a aceptar el reto puede encontrar las bases AQUÍ. ¡Suerte!
jueves, 19 de mayo de 2011
caxton college de puçol: la mala educación

En 2008 acudí a una entrevista para un puesto de trabajo de periodista en el Caxton College, un colegio inglés privado en Puçol. Cómo no, el colegio presumía de la exquisita educación, los valores y rectitud moral que imprime a sus alumnos. Hasta tiene himno y escudo. De hecho su lema es “honeste vivere”. En latín y todo.
Me entrevistó un señor algo mayor que, deduje, era uno de los fundadores. La entrevista fue extraña: me preguntó cosas personales tipo si tenía novia, a qué se dedicaban mis padres, si tenía hermanos, cosas así. Respondí sin problema porque el señor era cordial y pensé que quizás ese tipo de preguntas eran propias de una época en la que todo era más personal.
El hecho es que, tras una larga charla, me dijo que había decidido elegirme para el puesto. Imagínense mi alegría de parado. Me explicó las condiciones, horario, salario. Incluso me detalló pormenorizadamente en qué consistía mi nuevo trabajo, mi jornada, y me presentó a varias personas de la plantilla. Finalmente, me emplazó al día siguiente para empezar a trabajar.
Salimos del despacho y me dijo muy calurosamente:
-Voy a presentarte a mi hija.
Su hija era Amparo Gil, la directora. Fuimos a su despacho. Me presentó como el nuevo periodista del Caxton College. La mujer, de expresión tramposa (todos los tramposos tienen esa misma mirada), me miró muy rápido y me pidió si podía esperar “un momentito” porque estaba en medio de una reunión.
El “momentito” fue de una hora. Durante todo ese tiempo permanecí de pie (nadie me ofreció silla) apoyado en un pilar de un pasillo como un detenido que espera ser interrogado en una comisaría de Los Ángeles. Eso sí, estaba rodeado de banderas británicas y de carteles con loas a la rectitud moral de la institución.
Pasado el “momentito” Amparo Gil salió con la misma expresión huraña y sin brillo de antes y me hizo pasar de nuevo al primer despacho donde me habían hecho la entrevista. Pensé en El Proceso de Kafka, pensé en la Stasi de la Alemania Comunista o, por ser más británico y ajustarme a la pompa y circunstancia ética del Caxton College, en el MI6.
Durante la conversación Amparo Gil se mantuvo esquinada y a los quince minutos dio por terminada la reunión. Entonces le pregunté:
-¿A qué hora vengo mañana?
Su respuesta fue:
-Bueno, primero tenemos que solucionar un par de cosas. Mañana o pasado te llamaremos para decirte cuándo vienes. Por favor, cierra la puerta al salir.
Lo de “cierra la puerta al salir” es textual.
No recibí esa llamada. Dado que el Caxton College presumía de su exquisita educación inglesa, llamé varias veces a la directora Amparo Gil en busca de una explicación que una institución tan elevada y que tan abnegadamente trabaja en la formación de espíritus rectos y virtuosos para el futuro no iba a negarme. Una persona socialmente sensible como Amparo Gil, que hace a veces declaraciones en prensa sobre la educación, comprendería sin duda lo dura que es la vida del parado e iba a hacer gala de una exquisita gentileza y flema inglesas.
Finalmente, después de varios días de infructuosa pompa y circunstancia, logré que se pusiera al teléfono. Le costó recordar quién era yo, y al hacerlo me dijo con voz gris y telegráfica que habían decidido no contratarme.
-Esas cosas se avisan –le dije–. Llevo más de una semana esperando y usted se comprometió a…
Desde luego no se le subieron los colores de cara ni sintió la más mínima vergüenza. Simplemente terminó la conversación con esa manera grisácea, sin vida y aburrida que parecía caracterizarla.
Así que esta es la educación de quien educa en el Caxton College.
lunes, 16 de mayo de 2011
dos hombres
Les vi en la recepción de un hotel. Esa semana había feria de negocios en Valencia y los hoteles estaban llenos de gente que venía a buscarse la vida. Ellos dos estaban también aquí por trabajo. Tenían toda la traza. Salieron del ascensor. Ambos llevaban barba musulmana. Uno iba en silla de ruedas. El otro la empujaba. Tardé un par de segundos en darme cuenta de que el segundo, el que ayudaba al postrado, tenía ambas piernas atrofiadas. No podía articular apenas las rodillas. Por eso caminaba despacio, trabajosamente, cojeando, conduciendo con cuidado a su amigo inválido.
jueves, 12 de mayo de 2011
las fotos de don mccullin
Don McCullin nació en uno de los barrios más duros de una Londres todavía en ruinas por los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial. Sus orígenes humildes no le impidieron llegar a ser uno de los mejores fotógrafos de guerra de la historia. Retrató Chipre, Vietnam, el Líbano y Afganistán. Y conoció, en calidad de preso, el horror de las cárceles de Idi Amin. Por cierto que también retrató a los Beatles. Y ahora, leyendo su humilde y sanguínea autobiografía (Don McCullin es disléxico), no he podido evitar pensar que sus fotografías y su pasión pertenecen a otro tiempo. Uno en el que era posible que una foto cambiase el mundo. Un poco al menos. En el que la audiencia y el dinero, aunque casi, no lo eran todo. Hoy cada año decenas de periodistas son asesinados. Otros viven amenazados de muerte o son encarcelados. La mayoría del resto vive su oficio como un empleo, y no como la misión o vocación de justicia que en otro tiempo fue. Es normal: todos aspiramos a vivir bien y tranquilos. Pero ya no somos periodistas, sino “profesionales de la comunicación”. De ahí al marketing hay un paso.
Que no me acusen de generalizar, pues nada es blanco ni negro. Ni lo anterior fue tan bueno, ni lo actual tan malo. Y, aunque los malos siempre son más, los buenos estuvieron, están y estarán ahí.

Que no me acusen de generalizar, pues nada es blanco ni negro. Ni lo anterior fue tan bueno, ni lo actual tan malo. Y, aunque los malos siempre son más, los buenos estuvieron, están y estarán ahí.

lunes, 9 de mayo de 2011
pepito el bombardino
Si alguien que lee esta entrada tiene un ejemplar de Los navegantes y mira la página de las dedicatorias, verá que una de ellas es: “A Pepito el bombardino, por haber sido mucho más que un maestro de solfeo”.
Hoy me gustaría hablar de él.
Fue mi profesor de solfeo de mis doce a catorce años. El primer día que entré a su clase me asustó el gesto iracundo y los métodos estrictos y antiguos de aquel hombre mayor. Era duro. De voz tronante. Nadie osaba hablar en el aula. Un maestro a la antigua, estricto, atento a la disciplina.
Eso es lo que pensaba antes de conocerle bien. Porque luego descubrí que el hombre duro, el profesor viejo, no era ninguna de esas dos cosas. Era un ser inteligente y tolerante, con el alma joven. Él no hablaba de alumnos, sino de discípulos. No sólo me enseñó música. También me enseñó vida.
Guardo poca memoria de sus lecciones musicales, pero sí recuerdo bien las largas conversaciones que teníamos después de clase. Nos quedábamos solos en la inmensidad del salón de actos del musical. Él se apoyaba en el piano. Yo le hacía preguntas y él las contestaba.
Me contó mil cosas. Me contó que cuando era niño su padre se permitía el lujo de comprar fresas una sola vez al año: el día del cumpleaños de su mujer, la madre de Pepito. Un día le pregunté qué pensaba de los heavies. Y aquel señor mayor y estricto me dijo que era natural y bueno que los jóvenes buscasen su propia manera de expresarse.
Aquel sentido inmenso de la tolerancia me lo regalaba en cada conversación.
Para el segundo curso mis compañeros de clase ya habían descubierto que el hombre severo de ceño fruncido no era tal. A veces le hacían burlas y él fingía no verlas. Les odiaba cuando lo hacían.
Una vez tuvo que dejarnos durante varios meses por un problema de salud. Nos pusieron un profesor joven y enrollado que nos tocaba canciones en el piano. Era un buen tío, y buen maestro, pero yo quería a Pepito. Yo quería que volviera.
Aprobé el examen de solfeo para el que él nos preparó y ese fue el fin de las clases.
Después de aquello sólo le vi una vez más. Yo tenía 14 años y ya nunca he sabido de él. Se jubiló poco después. Pregunté por él algunas veces, pero sólo conseguí noticias vagas.
La verdad es que no sé si vive todavía. Pero esta noche, por lo que sea, no puedo dormir y me he acordado de él. Y he pensado que me gustaría decirle que todas aquellas conversaciones forman parte de mí. Que le dediqué mi primera novela en cumplimiento de una promesa que me hice a mí mismo a los doce años. Que nunca llegué a ser saxofonista, pero la música me ha salvado varias veces, sobre todo en Italia, Serbia y Londres. Que la música hace mi vida mejor. Me gustaría decirle eso. Y aunque las palabras son sólo palabras, esta noche hay una que me quema porque no puedo decírsela a alguien a quien me gustaría. No es nada extraordinario. Es sólo: gracias.
Hoy me gustaría hablar de él.
Fue mi profesor de solfeo de mis doce a catorce años. El primer día que entré a su clase me asustó el gesto iracundo y los métodos estrictos y antiguos de aquel hombre mayor. Era duro. De voz tronante. Nadie osaba hablar en el aula. Un maestro a la antigua, estricto, atento a la disciplina.
Eso es lo que pensaba antes de conocerle bien. Porque luego descubrí que el hombre duro, el profesor viejo, no era ninguna de esas dos cosas. Era un ser inteligente y tolerante, con el alma joven. Él no hablaba de alumnos, sino de discípulos. No sólo me enseñó música. También me enseñó vida.
Guardo poca memoria de sus lecciones musicales, pero sí recuerdo bien las largas conversaciones que teníamos después de clase. Nos quedábamos solos en la inmensidad del salón de actos del musical. Él se apoyaba en el piano. Yo le hacía preguntas y él las contestaba.
Me contó mil cosas. Me contó que cuando era niño su padre se permitía el lujo de comprar fresas una sola vez al año: el día del cumpleaños de su mujer, la madre de Pepito. Un día le pregunté qué pensaba de los heavies. Y aquel señor mayor y estricto me dijo que era natural y bueno que los jóvenes buscasen su propia manera de expresarse.
Aquel sentido inmenso de la tolerancia me lo regalaba en cada conversación.
Para el segundo curso mis compañeros de clase ya habían descubierto que el hombre severo de ceño fruncido no era tal. A veces le hacían burlas y él fingía no verlas. Les odiaba cuando lo hacían.
Una vez tuvo que dejarnos durante varios meses por un problema de salud. Nos pusieron un profesor joven y enrollado que nos tocaba canciones en el piano. Era un buen tío, y buen maestro, pero yo quería a Pepito. Yo quería que volviera.
Aprobé el examen de solfeo para el que él nos preparó y ese fue el fin de las clases.
Después de aquello sólo le vi una vez más. Yo tenía 14 años y ya nunca he sabido de él. Se jubiló poco después. Pregunté por él algunas veces, pero sólo conseguí noticias vagas.
La verdad es que no sé si vive todavía. Pero esta noche, por lo que sea, no puedo dormir y me he acordado de él. Y he pensado que me gustaría decirle que todas aquellas conversaciones forman parte de mí. Que le dediqué mi primera novela en cumplimiento de una promesa que me hice a mí mismo a los doce años. Que nunca llegué a ser saxofonista, pero la música me ha salvado varias veces, sobre todo en Italia, Serbia y Londres. Que la música hace mi vida mejor. Me gustaría decirle eso. Y aunque las palabras son sólo palabras, esta noche hay una que me quema porque no puedo decírsela a alguien a quien me gustaría. No es nada extraordinario. Es sólo: gracias.
jueves, 5 de mayo de 2011
rascacielos
Nos presentan los rascacielos como una conquista de nuestra civilización o algo así. Un símbolo de lo alto que hemos llegado. A mí personalmente no me gustan. Me siento muy incómodo dentro o bajo de esos edificios pensados para hacernos sentir pequeños y homogéneos. Menos humanos. Tu humanidad no es necesaria allí. Todos vestidos igual. No son el símbolo de la victoria de nada, sino la derrota de la individualidad. Allá en Londres muchas tardes veía a los currantes salir cansados de los edificios de Bank, con la sangre bien exprimida, o con el colmillo chorreando sangre ajena. También veía siempre ese Olimpo de acero y cristal que es Canary Wharf. Pasaba muchas veces por debajo y siempre sentía horror ante tanto acero y cristal. Me asustaba que algo tan enorme no expresase nada más que frío.

Una posdata:
Oscar Bribián firma una reseña de Alarido de Dios en la revista Narrativas. Puede leerse completa AQUÍ, pero ya pongo yo un cacho:
Alarido de Dios es un antes y un después en la literatura fantástica. Hay que empezar diciendo esto, de manera así de tajante, porque es lo que uno piensa cuando está leyendo esta novela, y lo que resuelve cuando la termina y reflexiona sobre todos sus puntos.

Una posdata:
Oscar Bribián firma una reseña de Alarido de Dios en la revista Narrativas. Puede leerse completa AQUÍ, pero ya pongo yo un cacho:
Alarido de Dios es un antes y un después en la literatura fantástica. Hay que empezar diciendo esto, de manera así de tajante, porque es lo que uno piensa cuando está leyendo esta novela, y lo que resuelve cuando la termina y reflexiona sobre todos sus puntos.
lunes, 2 de mayo de 2011
‘pistola y cuchillo’, de montero glez

En Pistola y cuchillo el escritor Montero Glez le ha robado el alma al cantaor Camarón de la Isla y la ha puesto en el papel. Ha contado su historia de una manera que nadie había hecho antes. Cuando uno ve entrevistas a Camarón en Youtube enseguida percibe que el que habla es una persona sencillísima e imperfecta, pero con algo inmenso dentro. Llevar esta magia y este misterio al papel parecía misión imposible. ¿Cómo se describe el genio? Montero Glez lo logra desde la humildad y creo que desde la observación. Para contar a Camarón no ha elegido una gran historia. No ha elegido un triunfo. Ha elegido una noche. Una de las últimas. Una más, aparentemente, pero llena de un aliento trágico y simbólico (el gallo rubio) que da una extraña intensidad a cada palabra y a cada diálogo. La narración avanza llena de jondura, con una contención que a veces me hacía pensar en los cuadros de Zurbarán. En algún modo Pistola y cuchillo es un quejío. La novela se lee en dos horas pero se te queda retumbando dentro mucho más.
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