
Los tebeos que mi padre leía de niño estuvieron guardados durante muchos años en un viejo baúl del desván de la casa de mi abuela. Cuando mis padres la vendieron trajimos con nosotros todos aquellos Pulgarcitos, Can Can y Tío Vivo. Me los leí de cabo a rabo, de crío, con veneración intuitiva por aquel delicado papel lleno de historietas de Vázquez, Ibáñez, Conti, Escobar, Peñarrolla o Cifré.
En El invierno del dibujante (Astiberri) Paco Roca nos ha descubierto el otro lado de esas viñetas con este cómic que relata una aventura humana, modesta y grande a la vez. Quizás olvidada. El intento de cinco viñetistas por ser dueños de sus creaciones frente a la entonces todopoderosa editorial Bruguera.
Los elementos visuales, literarios y documentales que conjuga Paco Roca para levantar esta historia funcionan como un reloj suizo. Pero es un mecanismo técnico silencioso, discreto, que nunca solapa la inmensa humanidad que recorre la aventura de estos personajes maravillosos. Sirva como ejemplo la extraña escena de amistad que el tremendo Vázquez y el triste Rafael González, siempre con el lápiz rojo en la mano, comparten al final del relato.
Como tantos, me enganché a Paco Roca con Arrugas. Me pareció que esa obra templada, emocionante e intensa engrandecía el género de la historieta. El invierno del dibujante tiene idéntico mérito, me parece. Es una reflexión sabia y realista de la que, personalmente, quiero sacar la conclusión de que, aunque los dibujantes soñadores salen derrotados, nada puede vencer la alegría de crear.





