Curraba yo entonces en una revista de Bruselas. Era 2006. Nos invitaron a una recepción con todos los peces gordos del país. La estrella del asunto era Mario Vargas Llosa. Me impactaron la talla y la presencia de aquel peruano alto y elegante. En la sala podía haber 80 personas, y todas orbitaban en torno a él: embajadores, altos cargos, señoronas de esas con joyas. Todos estaban allí por Vargas Llosa, que conversaba con pericia de diplomático.
La invitación al acto me pilló por sorpresa y no tenía yo ningún libro suyo que darle para firmar. Estaba, como todos, rondándole mientras departía con un tío con pinta de importante. Una nube de fotógrafos les rodeaba y varios periodistas tomaban notas de lo que decían.
Entonces me acerqué. Con un poco de brusquedad le cogí por el hombro interrumpiendo su conversación con aquel caballero belga. Los fotógrafos me miraron como se mira a un demente. Ignorándoles, le di a Vargas Llosa la ‘Iliada’, el libro que estaba leyendo en ese momento. Y le dije: “Perdone don Mario, pero no tenía ninguno suyo”.
Antes de firmarlo miró la portada con precaución. Al ver de qué se trataba, sacó la pluma y dijo riendo: “¡Caramba! ¡Voy a dedicar un ejemplar de Homero nada menos!”
Cuando regresé adonde mi jefa ya con mi autógrafo me dijo ésta: “¡Pero José Miguel! ¡Tú eres loco! ¡Cómo le interrumpes cuando habla con el presidente de Bélgica!”
jueves, 22 de diciembre de 2011
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

6 comentarios:
Genial anécdota!
¿Presidente de Bélgica? ¿Quién se acuerda de ese? Vargas Llosa, con dos cojones!!
Me gusta lo de "don Mario". Hay que poner siempre el "don" delante del nombre, claro que sí, y uno queda como un señor.
Desde entonces decidieron que no valia la pena que bélgica tuviera presidente, no?
Entiendo que tuvieras que irte de Bruselas...
Jaja! Qué valiente!
En verdad me movió más la ignorancia que la valentía.
Publicar un comentario en la entrada