Hace siete años, cuando me fui a Serbia, mi madre, para no pensar en que su hijo andaba lejos y distraer la mente, empezó a tejer una cortina para el gran ventanal de la escalera, alto como una persona. La hacía por las noches, cuando no le quedaba ocupación y sólo quedaban el silencio y la calma. Durante siete años en los que me he ido y he vuelto varias veces, la he visto muchas noches sentada en una silla que ella misma tapizó de niña, haciendo y deshaciendo la cortina. Me recordaba a Penélope, la esposa de Ulises, y se lo he dicho muchas veces. Hace pocos días que la terminó. Es una obra preciosa, sólida. La tendió sobre la cama, la tela ocupaba el colchón entero. La vimos preciosa. Había algo muy fuerte encerrado en aquellos dibujos y grecas, aparentemente sencillos pero increíblemente complejos. Intuyo un misterio en el modo en que una mano convierte un simple hilo en dibujos, tramas, belleza.
Ahora, siete años después, la cortina está terminada y sólo queda colgarla en su ventana. Ha quedado perfecta.
lunes, 28 de noviembre de 2011
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6 comentarios:
Un arte que por desgracia está desapareciendo.
Buen viaje!!!
Obra de arte, tanto la cortina como tu manera de contar su creación. Cuídate.
Ars longa, vita brevis...
En esa tela está el universo.
El paralelismo con Penélope resulta fascinante. A Rebeca le encanta tricotar, y se la ve relajadísima mientras las agujas y los puntos reclaman toda su atención.
Hermosa historia.
Pienso en el hilo/nexo que une a la madre con el hijo. De alguna manera había que acortar la distancia y olvidar el tiempo.
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