
Ahora que ando devorando cuentos y más cuentos de fantasmas para mi colina de la lluvia he vuelto a Margaret Oliphant (1828-1897). La leí hace años y no me gustó. Quizás porque sus espectros no son malvados, no dan miedo. Pero ahora regreso a sus historias y las encuentro intensísimas. En sus relatos lo importante no es el miedo. Ni siquiera lo paranormal (siempre presente). Lo que los hace poderosos es lo real de sus personajes. Lo llenos de vida que están. Sientes enseguida cómo Margaret filtra sus propios sentimientos y pensamientos en cada frase, algo raro en el género de terror que suele caracterizarse por la inhumanidad, por el desapego del autor hacia sus criaturas. En los cuentos de fantasmas de Margaret Oliphant, antes que el terror, priman temas como la memoria, los vínculos familiares, el apego a los objetos y a los lugares, los pequeños ritos que componen un hogar, las costumbres, el recuerdo, la admiración por los ancianos. Todo envuelto por unos paisajes escoceses llenos de ruinas por donde vagan los espíritus, casas centenarias, noches en cuyo abismo lloran las almas en pena.
Con todo ello, cuentos como Old Lady Mary o The Open Door desprenden, además de una sabiduría narrativa de maestra, pura calidez. Humanidad verdadera.
Luego resulta que Margaret tuvo una vida familiar muy desafortunada. Vio morir a todas las personas a las que amaba. A su marido, a sus hijos. Y entonces comprendes que ella es la vieja Lady Mary que ha conocido todas las desgracias que en el alma humana caben, o el padre que daría su vida por el hijo enfermo en The Open Door.
Margaret Oliphant es mucho más que fantasmas. Por eso hoy la seguimos leyendo.















