En 2004 y gracias a León Arsenal, a quien conocí por una entrevista para Diario de Valencia, publiqué mi primer cuento en la revista Galaxia. Ver
Vidas de piedra (un relato que ya me había dado una alegría en forma de premio universitario) en aquellas páginas que tanto recordaban a las revistas pulp de los años 30 me hizo pensar por primera vez que se podía ser escritor.
Poco después me marché a Serbia y un día, curioseando por Internet, descubrí una reseña muy positiva de mi cuento. Era en una web que se llamaba
Literatura Fantástica y la firmaba un tal Mariano Villarreal, de quien no tenía ni idea quién era.
En ese momento andaba yo escribiendo
Los navegantes. Esa novela, creo que se siente al leerla, supuso una lucha terrible conmigo mismo y con el país donde la escribí, al que tanto amo y echo de menos. Una lucha de la que salí vivo y reconciliado con algunas cosas.
Me ayudó mucho leer esa primera reseña de
Vidas de piedra. Era la primera vez que alguien que no fuera familiar o amigo hablaba de mi trabajo. Me ayudó a decidir que quizás sí que tenía sentido seguir llenando aquellas libretas y hablando de Akkán y todos esos. El tiempo le dio la razón a mi intuición.
Un año después estaba de vuelta en España, perdido y confuso, como le pasa a todo aquel que regresa al calor del hogar tras una experiencia intensa que te cambia por dentro, que muda todas tus preferencias. Tampoco tenía trabajo quitando de unas colaboraciones freelance para una revista. Eran reportajes de viajes y de eso que ahora llaman “impacto social” (o sea, crónica negra de toda la vida).
Como digo, me sentía tremendamente desorientado y sólo supe remediarlo escribiendo un cuento que envié para algo que yo no sabía lo que era y que se llamaba
Visiones. Pues resulta que el seleccionador de esa antología era el tal Mariano Villarreal, y que además decidió coger mi relato para un libro en el que iban muchos otros autores de fantasía a los que ahora conozco, leo y admiro.
Y todo el rollo viene porque justamente este mismo hombre y esta misma web sacan ahora una crítica de
Alarido de Dios que se puede leer en
este enlace. Y como es de bien nacido ser agradecido hasta me hace feliz que diga que no soy un narrador “estilista”. Intento ser duro, espartano y realista conmigo mismo. Me daría asco ser (o aspirar a ser) un “estilista”. Uno de esos tíos que releen lo que han escrito y piensan: “Pero qué bien escribo. Qué favor le hago al mundo escribiendo”.