Si exceptuamos los elogios a las ilustraciones de Anabel Zaragozí, en vano he esperado durante meses a que saliera alguna reseña de
Después del orgasmo. En ello he tenido el mismo éxito que cuando me inscribí en el concurso Mister Camiseta Mojada 2008 de cierta discoteca de pueblo y me impidieron participar alegando que había sequía.
Pero por fortuna padezco esquizofrenia y mis trastornos de personalidad me llevan a creer a veces que soy Haschich, una vieja gloria del balontiro afgano que fue condenado a cuatro años de prisión por atentar con bomba contra una reunión del
tupperware y no haber logrado víctimas.
Ahora que acaba de salir con la condicional, Haschich se ha ofrecido amablemente a escribir la primera reseña de
Después del orgasmo, que yo aquí reproduzco para hacerme publicidad. Por mi parte sólo añadiré, dado la de veces que me lo han preguntado, que la novela NO ES AUTOBIOGRÁFICA:
Después del orgasmo, menuda mierdaPor Haschich.
Una vez repuesto de mi intento de suicidio, me dispongo a reseñar
Después del orgasmo, tal como prometí a mi antaño amigo
José Miguel Vilar-Bou. Tal vez sea lo último que haga antes de autoinmolarme. Podías haber mancillado a mi esposa, José Miguel. Yo te hubiera perdonado. Pero no: tuviste que escribir esto.
Durante la lectura decenas de veces he maldecido a mis padres por haberme llevado a la escuela. El título ya lo dice:
Después del orgasmo. ¿Qué viene después del orgasmo? El sopor. E incluso la muerte si eres de esos a los que les va lo de la bolsa en la cabeza.
Con semejante dominio del español,
Vilar-Bou podría ser miembro de la Real Academia de la Lengua Hutu.
Este libro es lo más interesante que he leído después del
long-seller Cómo escabechar un atún y del polémico
Vida sexual del somormujo. Ya estoy esperando lo próximo de JM para regalárselo a mi ex, aprovechando que el Código Penal no tipifica el homicidio mediante lectura de libro nauseabundo.
La novela produce un disfrute no muy diferente al que procura asistir a la autopsia de un ser querido. En sus mejores momentos incluso ligeramente superior.
Los personajes son el gran activo del relato. Tal vez por eso todos tratan de suicidarse en algún momento de la trama. Especialmente conmovedor es el pasaje en que el protagonista exclama en el parque: “¡José Miguel, hijo de puta, no quiero existir! ¡Erradícame!”.
Al final el autor resuelve las contradicciones internas del personaje con un deus ex machina convirtiéndole en un torero transexual adicto a la heroína que rehace su vida junto a un ordeñador de tapires en Moscú.
Asusta pensar que nuestros hijos puedan acceder a través de Internet a documentos como las ejecuciones de rehenes en Irak o a este libro.
En conclusión, una lectura tan aconsejable como quitarse la muela del juicio en la consulta de un dentista del Chad. Aun así, sería injusto decir que
Después del orgasmo es una novela aburrida: se limita a arrebatarte las ganas de vivir.
Podríamos incluir a
Vilar-Bou en una nueva corriente literaria bautizada por la crítica neoyorkina como neomierda o postvomitismo, compuesta por jóvenes autores que, de no estar medicados, afirman ser perseguidos por Michael Jackson disfrazado de ninja sobre un elefante fucsia.
José Miguel le propuso a Ángel Cristo que le escribiera un prólogo, pero éste declinó el ofrecimiento alegando que tal hecho podría dañar su reputación. Con iguales razones se excusaron Joselito,
Toni Anikpe y Julián Muñoz, de cuyo ordenador, además, se había incautado la Policía para devolverlo a su legítimo dueño.
En resumen, un buen libro.