Cuando tenía cuatro o cinco años mi hermano mayor fue de excursión al zoo de Madrid. De allí trajo una tira de postales con fotos de gorilas, jirafas, leones.
Los animales me parecieron tan bellos que le pedí que me dejara llevarlos al colegio para enseñárselos a los otros niños. Mi hermano, que ya entonces era generoso, me prestó su preciado souvenir y al día siguiente lo llevé a clase. En el patio había unos chicos mayores que yo. Les enseñé las postales que tan hermosas me parecían. Me las pidieron y yo se las dejé. Pero entonces, entre risas, las rompieron en mil trozos. Aún veo los animalitos de papel, despedazados, cayendo al suelo de cemento.
Recuerdo la sensación de impotencia absoluta. Aquel niño del babero que era yo no comprendía por qué esos estudiantes, que eran más y mayores, destruían la belleza que yo les prestaba. Se sentían muy bien. Se sentían muy seguros y muy fuertes.
Cuando se fueron, recogí los pedazos y regresé a casa con ellos en los bolsillos del babero.
Una posdata:
Manuel Oliveira, que con 100 años cumplidos sigue haciendo películas y por tanto es más joven que muchos jóvenes, dice en una entrevista en El Universal hablando sobre pelis y creo que sobre Hollywood: “La artesanía hace siempre productos distintos, mientras que la industria hace siempre el mismo producto”.
jueves, 29 de enero de 2009
miércoles, 28 de enero de 2009
trabajo
Dicen que en el infierno están prohibidas las corbatas. Y que los bares no cierran a las tres. Es allí adonde van los que no dan nada por sentado; los que buscan las dos caras que todo tiene; los que saben que hasta el odio y la violencia tienen raíz y explicación; los que saben que el arte no corta ni mata, pero sí es una de las energías que mantienen vivo el universo. Los que no miden el mundo en euros, dólares ni libras esterlinas.
Lo digo porque durante medio año he estado en el paro y, ya que plato, techo y amor no me han faltado, ha sido medio año de gloria en el que me he sentido ligero y libre como aire: sin roles, sin esclavitudes. Sin corbata. Sin horarios. Le he regalado más horas de las que nunca pude al mar. Y de madrugada he escrito con la furia de siempre.
Pero esta semana, por fortuna, he empezado a currar. Y el maravilloso, perfecto, oasis ha terminado. Como debe ser. Menos mal. De hecho es oasis precisamente porque ha tenido fin. Y al Diablo le doy las gracias por haber cumplido su parte del trato.
Pese a la felicidad que procura escribir y sólo escribir (durante seis meses he vivido en esta ficción) lo que hay en mí de contador de historias necesita un curro. Y no sólo por supervivencia y por pelas, sino porque es de la vida de donde me nutro para escribir. Durante diez años el periodismo me ha alimentado de ideas, lugares, historias y, sobre todo, de personajes. No imagináis los follones en los que me he metido por ahí sólo por tener algo que contar.
Así que ahí vamos, vida.
Una posdata:
Leo que Planeta ha chapado Ocio Joven. Toda una mala sorpresa, porque los autores de fantasía nacional le debemos mucho a este portal. Conmigo se lo curraron un montón con Los navegantes, y me entrevistaron y todo. En Almería y en Huesca tuve el placer de conocer a Akhul y a parte de la gente que le ha dado vida a la web.
Pero pasando de pesimismos porque ya anuncian que volverán en formato independiente, así que seguro que bajo otros nombres y en nuevos lugares nos reencontraremos muy pronto.
Lo digo porque durante medio año he estado en el paro y, ya que plato, techo y amor no me han faltado, ha sido medio año de gloria en el que me he sentido ligero y libre como aire: sin roles, sin esclavitudes. Sin corbata. Sin horarios. Le he regalado más horas de las que nunca pude al mar. Y de madrugada he escrito con la furia de siempre.
Pero esta semana, por fortuna, he empezado a currar. Y el maravilloso, perfecto, oasis ha terminado. Como debe ser. Menos mal. De hecho es oasis precisamente porque ha tenido fin. Y al Diablo le doy las gracias por haber cumplido su parte del trato.
Pese a la felicidad que procura escribir y sólo escribir (durante seis meses he vivido en esta ficción) lo que hay en mí de contador de historias necesita un curro. Y no sólo por supervivencia y por pelas, sino porque es de la vida de donde me nutro para escribir. Durante diez años el periodismo me ha alimentado de ideas, lugares, historias y, sobre todo, de personajes. No imagináis los follones en los que me he metido por ahí sólo por tener algo que contar.
Así que ahí vamos, vida.
Una posdata:
Leo que Planeta ha chapado Ocio Joven. Toda una mala sorpresa, porque los autores de fantasía nacional le debemos mucho a este portal. Conmigo se lo curraron un montón con Los navegantes, y me entrevistaron y todo. En Almería y en Huesca tuve el placer de conocer a Akhul y a parte de la gente que le ha dado vida a la web.
Pero pasando de pesimismos porque ya anuncian que volverán en formato independiente, así que seguro que bajo otros nombres y en nuevos lugares nos reencontraremos muy pronto.
domingo, 25 de enero de 2009
en dublín
Lo que más me ha gustado de Dublín es lo bien que imitan los típicos bares irlandeses que tenemos en España. Los que me conocéis en persona (en la medida en que se me pueda considerar persona) sabéis que no suelo beber entre horas. Únicamente el día de San Dositeo, por razones sentimentales que sería arduo explicar. Pero Dublín es tan colorida y tan viva y tiene tantos músicos callejeros que no se asustan con la lluvia que me he adaptado a las costumbres locales. Y eso pasa por empezar a quemar la salud a las seis de la tarde.
En el animadísimo corolario de tabernas que conforman Temple Bar no he visto a Joyce. Ni tampoco a Bernard Shaw. De éste se cuenta una anécdota más célebre e inmortal que su premio Nóbel. A veces se atribuye ésta a Albert Einstein y Marilyn Monroe, pero no es así:
Una hermosa dama de alta sociedad le dijo a Shaw: “¿Se imagina que tuviésemos un hijo usted y yo, y que naciese con su belleza y mi inteligencia?”. A lo que él respondió: “Ya señora, pero ¿qué pasa si nace con mi belleza y con su inteligencia?”
En el animadísimo corolario de tabernas que conforman Temple Bar no he visto a Joyce. Ni tampoco a Bernard Shaw. De éste se cuenta una anécdota más célebre e inmortal que su premio Nóbel. A veces se atribuye ésta a Albert Einstein y Marilyn Monroe, pero no es así:
Una hermosa dama de alta sociedad le dijo a Shaw: “¿Se imagina que tuviésemos un hijo usted y yo, y que naciese con su belleza y mi inteligencia?”. A lo que él respondió: “Ya señora, pero ¿qué pasa si nace con mi belleza y con su inteligencia?”
viernes, 23 de enero de 2009
la quietud que precede
Así ve la artista Verónica Leonetti La quietud que precede, uno de los cuentos de la larga serie en la que llevo trabajando desde antes de verano. Cinco imágenes que valen más que cinco mil palabras. Más o menos las que tiene esta historia.
El relato arranca y suena así:
He mirado por la ventana. Septiembre no tiene secretos para mí: ese sol que aún anima el paisaje es un canto de cisne. El sonido más bello antes de la extinción. Es improbable que las lluvias se demoren. En cuestión de días este cielo limpio y final se derrumbará en la batalla de nubes y truenos. Ahora la playa está dorada, y también vacía. Y las olas persisten en su milenaria calma. Ahora.




El relato arranca y suena así:
He mirado por la ventana. Septiembre no tiene secretos para mí: ese sol que aún anima el paisaje es un canto de cisne. El sonido más bello antes de la extinción. Es improbable que las lluvias se demoren. En cuestión de días este cielo limpio y final se derrumbará en la batalla de nubes y truenos. Ahora la playa está dorada, y también vacía. Y las olas persisten en su milenaria calma. Ahora.




martes, 20 de enero de 2009
El cuento de la saboteadora
Esto es un hecho real:
Hace años ligué (insisto en que es un hecho real). Se trataba de una chavala de fuera que venía a pasar un fin de semana a Valencia. Enseguida conectamos porque era simpática y guapa, y dicen que los polos opuestos se atraen.
El problema es que no venía sola: la acompañaba una sujeta con forma de bote de coca-cola y rostro de mutante de piscifactoría. Juro que la envergadura de aquella vástaga de Cthulhu, amilanaría a un portero de discoteca madrileña. Vástaga, sí: si una ministra puede decir miembra yo también puedo decir vástaga.
No le meto caña a la chica porque fuera, digamos, físicamente inhibidora. Para nada. Lo que me jodió, y mi denuncia es moralmente legítima, es que quisiera reventarme el ligue. Me explico:
Cada vez que lograba iniciar conversación con Lola (el nombre es falso), la uruk-hai se interponía entre nosotros con el huero fin de impedir nuestra conexión carnal. Una conexión que ambos andábamos buscando.
En cuanto un servidor le daba coba a Lola, la vil energúmena irrumpía inopinadamente y me la arrebataba sirviéndose de su fuerza bruta. “¡Vamos a bailar!”, exclamaba con voz de deidad submarina y monstruosa. Y se llevaba a mi pretendida con violencia.
Lo que me irritaba, lo que me ponía negro es que, con la excusa de proteger a su mejor amiga de un cabrón (el cabrón era yo), daba rienda suelta a sus celos. Ya sabéis: la típica infame que va de protectora, cuando en realidad lo único que quiere es evitar a toda costa que sus amigas liguen por pura y mezquina envidia.
Nunca antes me había sentido tan odiado como aquella noche. Bueno, sí: el día en que canté por primera vez en misa. Fue tan horrible que el Cristo lloró sangre sobre el altar y el Diablo decidió ficharme para su equipo de balón-tiro.
Pero volvamos a la historia:
A eso de la una de la madrugada comprendí que tenía que librarme de aquella contrahechura humana, malvada y destructiva que interfería en mis avatares amorosos con modos de luchadora grecorromana. Así que le dije a mi deseada: “Escucha, Lola. Te invito a un chupito de peche”. Así de generoso era yo. Con los años he llegado a invitar incluso a sorbos de cerveza. No puedo evitar ser tan espléndido y derrochador cuando de mujeres se trata.
La saboteadora vigilaba de cerca todos mis movimientos. Al escuchar mi tirada de trastos, reaccionó de inmediato atravesándome con una mirada capaz de producir disfunción eréctil. Y susurró a su amiga: “Lola, ¿quieres que te acompañe?”
Lo dijo de un modo tan fariseo, tan producto de la más baja hipocresía, tan falsamente protector, tan felonamente artero, que me dieron ganas de estrangularla con el poder de mi mente. Como consecuencia sufrí un calambre cerebral que tardó semanas en sanar.
Pero bueno. Lola dijo: “No”. Y nos fuimos los dos solos a la barra del bar, ya sin boicoteadora del amor que nos estorbara. Y por fin pude jugar mis bazas y pasó lo que ambos habíamos querido que pasara desde el principio de la noche. Ya sabéis. De vez en cuando se veía a lo lejos la cabeza de mi autoproclamada enemiga que nos vigilaba desde la distancia. No se resignaba a perder, pero ya era tarde porque la guerra se la había montado ella sola.
Hace años ligué (insisto en que es un hecho real). Se trataba de una chavala de fuera que venía a pasar un fin de semana a Valencia. Enseguida conectamos porque era simpática y guapa, y dicen que los polos opuestos se atraen.
El problema es que no venía sola: la acompañaba una sujeta con forma de bote de coca-cola y rostro de mutante de piscifactoría. Juro que la envergadura de aquella vástaga de Cthulhu, amilanaría a un portero de discoteca madrileña. Vástaga, sí: si una ministra puede decir miembra yo también puedo decir vástaga.
No le meto caña a la chica porque fuera, digamos, físicamente inhibidora. Para nada. Lo que me jodió, y mi denuncia es moralmente legítima, es que quisiera reventarme el ligue. Me explico:
Cada vez que lograba iniciar conversación con Lola (el nombre es falso), la uruk-hai se interponía entre nosotros con el huero fin de impedir nuestra conexión carnal. Una conexión que ambos andábamos buscando.
En cuanto un servidor le daba coba a Lola, la vil energúmena irrumpía inopinadamente y me la arrebataba sirviéndose de su fuerza bruta. “¡Vamos a bailar!”, exclamaba con voz de deidad submarina y monstruosa. Y se llevaba a mi pretendida con violencia.
Lo que me irritaba, lo que me ponía negro es que, con la excusa de proteger a su mejor amiga de un cabrón (el cabrón era yo), daba rienda suelta a sus celos. Ya sabéis: la típica infame que va de protectora, cuando en realidad lo único que quiere es evitar a toda costa que sus amigas liguen por pura y mezquina envidia.
Nunca antes me había sentido tan odiado como aquella noche. Bueno, sí: el día en que canté por primera vez en misa. Fue tan horrible que el Cristo lloró sangre sobre el altar y el Diablo decidió ficharme para su equipo de balón-tiro.
Pero volvamos a la historia:
A eso de la una de la madrugada comprendí que tenía que librarme de aquella contrahechura humana, malvada y destructiva que interfería en mis avatares amorosos con modos de luchadora grecorromana. Así que le dije a mi deseada: “Escucha, Lola. Te invito a un chupito de peche”. Así de generoso era yo. Con los años he llegado a invitar incluso a sorbos de cerveza. No puedo evitar ser tan espléndido y derrochador cuando de mujeres se trata.
La saboteadora vigilaba de cerca todos mis movimientos. Al escuchar mi tirada de trastos, reaccionó de inmediato atravesándome con una mirada capaz de producir disfunción eréctil. Y susurró a su amiga: “Lola, ¿quieres que te acompañe?”
Lo dijo de un modo tan fariseo, tan producto de la más baja hipocresía, tan falsamente protector, tan felonamente artero, que me dieron ganas de estrangularla con el poder de mi mente. Como consecuencia sufrí un calambre cerebral que tardó semanas en sanar.
Pero bueno. Lola dijo: “No”. Y nos fuimos los dos solos a la barra del bar, ya sin boicoteadora del amor que nos estorbara. Y por fin pude jugar mis bazas y pasó lo que ambos habíamos querido que pasara desde el principio de la noche. Ya sabéis. De vez en cuando se veía a lo lejos la cabeza de mi autoproclamada enemiga que nos vigilaba desde la distancia. No se resignaba a perder, pero ya era tarde porque la guerra se la había montado ella sola.
domingo, 18 de enero de 2009
'arrugas', de paco roca (tebeo=literatura)
Difícilmente (y perdón por arrancar con un adverbio) caben más sabiduría y humanidad en tan pocas páginas.
Leí Arrugas de Paco Roca, Premio Nacional de Cómic, en media hora, y todavía me anda removiendo los interiores. Es una de esas obras que te abren puertas en el alma. Puertas que jamás podrás cerrar. No sabía que un tebeo es capaz de hacerte llorar, ni de retratar de manera tan vívida, dura y sensible la luz y la oscuridad por las que peregrinamos hasta que cualquier mala casualidad nos manda al otro barrio.
No conozco novelas que hablen de la vejez y del alzheimer con la clarividencia de este tebeo. Ni que concentren tantas verdades en una sola frase. En un solo bocadillo. En un solo dibujo.
Esta maravilla literaria que es el tebeo Arrugas te dice: la vida es la única terapia posible contra la muerte. Es cierto que al final todos vamos a parar al abismo, y nos deterioramos, y nada de lo que fuimos queda. Pero al menos se nos dio la posibilidad de amar o de ser pura y fría mierda; al menos se nos dio a elegir el camino.
Tebeo=literatura
Una posdata:
Haced caso de lo que dice la jefa de La sirenita del mar, blog preci(o)so y delicado como un perfume oriental. En su última entrada se hace eco de los cuentos de un servidor que podéis leer aquí. Dice Mariko que lo mío es el terror. Justo eso sostienen quienes me han oído cantar en la ducha. Terror, género al que voy a veces a recargar las pilas igual que ciertos roqueros regresan de tanto en tanto al blues.
Leí Arrugas de Paco Roca, Premio Nacional de Cómic, en media hora, y todavía me anda removiendo los interiores. Es una de esas obras que te abren puertas en el alma. Puertas que jamás podrás cerrar. No sabía que un tebeo es capaz de hacerte llorar, ni de retratar de manera tan vívida, dura y sensible la luz y la oscuridad por las que peregrinamos hasta que cualquier mala casualidad nos manda al otro barrio.
No conozco novelas que hablen de la vejez y del alzheimer con la clarividencia de este tebeo. Ni que concentren tantas verdades en una sola frase. En un solo bocadillo. En un solo dibujo.
Esta maravilla literaria que es el tebeo Arrugas te dice: la vida es la única terapia posible contra la muerte. Es cierto que al final todos vamos a parar al abismo, y nos deterioramos, y nada de lo que fuimos queda. Pero al menos se nos dio la posibilidad de amar o de ser pura y fría mierda; al menos se nos dio a elegir el camino.
Tebeo=literatura
Una posdata:
Haced caso de lo que dice la jefa de La sirenita del mar, blog preci(o)so y delicado como un perfume oriental. En su última entrada se hace eco de los cuentos de un servidor que podéis leer aquí. Dice Mariko que lo mío es el terror. Justo eso sostienen quienes me han oído cantar en la ducha. Terror, género al que voy a veces a recargar las pilas igual que ciertos roqueros regresan de tanto en tanto al blues.
jueves, 15 de enero de 2009
gueto de gaza
No creo en los pueblos buenos y malos aunque sé que quien tiene el poder aniquila. Lo sufrieron los judíos en la Europa de la Segunda Guerra Mundial de manos de los nazis y de otros más. Ahora lo sufren los palestinos de Gaza de manos de Israel.
Cuando me dicen que esta masacre es una respuesta a los cohetes de Hamas yo veo a esos niños muertos que salen por televisión. Cuando me dicen que Israel es el guardián de la democracia en Oriente Próximo vuelvo a ver a esos niños muertos. Y me gustaría que me explicasen por qué ese guardián de la democracia bombardeó un edificio atiborrado de civiles palestinos que se habían refugiado allí por consejo del ejército israelí. O por qué se ha atacado un convoy y un edificio de la ONU. Sí, por qué los vigías de la democracia en tierra bárbara echan bombas a los periodistas.
Dicen las autoridades israelíes que es necesario un ataque así de desproporcionado porque la población de Gaza tiene “una gran capacidad de sufrimiento”. Claro que sí: el sufrimiento al que vosotros les habéis acostumbrado, hijos de puta: al hambre, a la miseria, al aislamiento por tierra y por mar, a los cortes energéticos, a una desesperanza que nosotros europeos no podemos comprender si no nos meten en medio de ella.
Qué irónico y qué asco: Israel ha encerrado a un pueblo entero en un gueto exactamente igual a aquellos que los nazis construyeron para ellos. Con muro y todo.
Una posdata:
Dice Fernando Botero, inmenso como la carnalidad de sus personajes, en una entrevista en XLSemanal: “El arte contemporáneo o se ha intelectualizado en exceso o ha originado sensibilidades estúpidas. Vivimos una época de confusión total. En muchos casos, el arte se ha convertido en pura basura”.
¡Salud!
Cuando me dicen que esta masacre es una respuesta a los cohetes de Hamas yo veo a esos niños muertos que salen por televisión. Cuando me dicen que Israel es el guardián de la democracia en Oriente Próximo vuelvo a ver a esos niños muertos. Y me gustaría que me explicasen por qué ese guardián de la democracia bombardeó un edificio atiborrado de civiles palestinos que se habían refugiado allí por consejo del ejército israelí. O por qué se ha atacado un convoy y un edificio de la ONU. Sí, por qué los vigías de la democracia en tierra bárbara echan bombas a los periodistas.
Dicen las autoridades israelíes que es necesario un ataque así de desproporcionado porque la población de Gaza tiene “una gran capacidad de sufrimiento”. Claro que sí: el sufrimiento al que vosotros les habéis acostumbrado, hijos de puta: al hambre, a la miseria, al aislamiento por tierra y por mar, a los cortes energéticos, a una desesperanza que nosotros europeos no podemos comprender si no nos meten en medio de ella.
Qué irónico y qué asco: Israel ha encerrado a un pueblo entero en un gueto exactamente igual a aquellos que los nazis construyeron para ellos. Con muro y todo.
Una posdata:
Dice Fernando Botero, inmenso como la carnalidad de sus personajes, en una entrevista en XLSemanal: “El arte contemporáneo o se ha intelectualizado en exceso o ha originado sensibilidades estúpidas. Vivimos una época de confusión total. En muchos casos, el arte se ha convertido en pura basura”.
¡Salud!
miércoles, 14 de enero de 2009
lo del facebook
Como todos sabéis, soy un ser vil y rastrero que haría cualquier cosa por vender un libro. ¿Nunca me habéis visto en la librería al lado de Los navegantes con una navaja? Por eso mismo me lié con lo del facebook el otro día: varias personas me habían dicho que es un medio de puta madre para difundir este blog, mi trabajo y tal.
Lo primero que me sorprendió es ver que todo Cristo y todo Anticristo estaban ahí metidos con sus fotos y sus leches, y yo sin enterarme. Fue como encontrar a todos tus colegas en una fiesta de la que nadie te ha hablado. Y todos se lo pasan de puta madre menos tú. Lo segundo, los particulares códigos sociales que rigen esta movida: así por ejemplo, una especie de ex novia que no me dirige la palabra sí puede, en cambio, añadirme como “amigo”. O, por ilustrar con otro caso, un sujeto que jamás me tragó, que se negó a venir a mi fiesta de despedida en Serbia, me pide ahora que sea su “amigo” con un sencillo clic.
Yo pertenezco a otros tiempos: a los de hace uno o dos años en los que, si alguien te daba asco, pasabas de su culo en la red y en la vida. Pero parece que en facebook es diferente.
Lo chungo es que rellené la información que me pedían creyendo que eso era algo privado. Ya me paró lo de “cuál es tu partido político”, porque ya sabéis que milito en el Partido por la Recuperación del Orinal con Pedales Uzbeco y Kazajo (PROPUK) y esa es una convicción muy íntima que no tengo por qué compartir con nadie.
A qué mala hora tuve la ocurrencia de poner que soy soltero. En mi pueblo un soltero es aquel que no está casado, y un servidor tiene leona pero no anillo, así que no vi nada huero en marcarme como soltero.
El primer signo de alarma me llegó el viernes cuando una amiga con la que estaba tomando una cerveza me dijo con tacto y un poco censuradora: “He visto que por fin estás en facebook. Pero apareces como soltero”. “¿Y cómo lo sabes?”, le pregunté.
Al día siguiente quité ese dato para evitar confusiones, pues no sabía que cualquier ser de este planeta que me agregue como “amigo” puede saber si soy viudo, marido incestuoso o pareja de hecho de un ñu de la sabana (que me ponen). Y a qué mala hora (de nuevo) lo hice. Porque entonces me llegaron no menos de dos ni más de cuatro (o sea tres) mensajes de amigos haciendo la fiesta porque se ve que facebook se dedicaba ahora a anunciar a bombo y platillo que, por arte de magia, yo ya no era soltero. Y además ilustraba el scoop con un corazoncito. Qué bonito.
Además, fue interesante comprobar que entre las diversas opciones que te da el juguetito está la de pareja abierta o pareja en crisis. Vamos, me encantaría descubrir que mi novia se vende en facebook como componente de una pareja cadavérica y en descomposición y que no le importaría cambiar de piloto automático. Estos formularios de Internet son todo tacto y sensibilidad.
Pues que lo del facebook es muy tentador y voy a aprender a usarlo y tal. Pero digo: cuando el Gran Hermano ya forma parte de nuestras vidas, uno comprende por qué la ciencia ficción, la literaria, está tan acabada.
Lo primero que me sorprendió es ver que todo Cristo y todo Anticristo estaban ahí metidos con sus fotos y sus leches, y yo sin enterarme. Fue como encontrar a todos tus colegas en una fiesta de la que nadie te ha hablado. Y todos se lo pasan de puta madre menos tú. Lo segundo, los particulares códigos sociales que rigen esta movida: así por ejemplo, una especie de ex novia que no me dirige la palabra sí puede, en cambio, añadirme como “amigo”. O, por ilustrar con otro caso, un sujeto que jamás me tragó, que se negó a venir a mi fiesta de despedida en Serbia, me pide ahora que sea su “amigo” con un sencillo clic.
Yo pertenezco a otros tiempos: a los de hace uno o dos años en los que, si alguien te daba asco, pasabas de su culo en la red y en la vida. Pero parece que en facebook es diferente.
Lo chungo es que rellené la información que me pedían creyendo que eso era algo privado. Ya me paró lo de “cuál es tu partido político”, porque ya sabéis que milito en el Partido por la Recuperación del Orinal con Pedales Uzbeco y Kazajo (PROPUK) y esa es una convicción muy íntima que no tengo por qué compartir con nadie.
A qué mala hora tuve la ocurrencia de poner que soy soltero. En mi pueblo un soltero es aquel que no está casado, y un servidor tiene leona pero no anillo, así que no vi nada huero en marcarme como soltero.
El primer signo de alarma me llegó el viernes cuando una amiga con la que estaba tomando una cerveza me dijo con tacto y un poco censuradora: “He visto que por fin estás en facebook. Pero apareces como soltero”. “¿Y cómo lo sabes?”, le pregunté.
Al día siguiente quité ese dato para evitar confusiones, pues no sabía que cualquier ser de este planeta que me agregue como “amigo” puede saber si soy viudo, marido incestuoso o pareja de hecho de un ñu de la sabana (que me ponen). Y a qué mala hora (de nuevo) lo hice. Porque entonces me llegaron no menos de dos ni más de cuatro (o sea tres) mensajes de amigos haciendo la fiesta porque se ve que facebook se dedicaba ahora a anunciar a bombo y platillo que, por arte de magia, yo ya no era soltero. Y además ilustraba el scoop con un corazoncito. Qué bonito.
Además, fue interesante comprobar que entre las diversas opciones que te da el juguetito está la de pareja abierta o pareja en crisis. Vamos, me encantaría descubrir que mi novia se vende en facebook como componente de una pareja cadavérica y en descomposición y que no le importaría cambiar de piloto automático. Estos formularios de Internet son todo tacto y sensibilidad.
Pues que lo del facebook es muy tentador y voy a aprender a usarlo y tal. Pero digo: cuando el Gran Hermano ya forma parte de nuestras vidas, uno comprende por qué la ciencia ficción, la literaria, está tan acabada.
domingo, 11 de enero de 2009
El día en que me jodieron ‘La montaña mágica’
El otro día conté esta anécdota en una tertulia con amigos, pizza y vino y me tildaron de perro inhumano y antisocial.
Hace años estaba yo leyendo La montaña mágica. Después de casi mil páginas, llegué al final de la novela una mañana en la estación, mientras esperaba el tren. Tras dos intensos meses de lectura, estaba en las últimas líneas, que encima son las que dan sentido absoluto a la historia. Estaba, digo, sobrecogido, anonadado por aquellos últimos párrafos culminantes cuando, de repente siento una mano gélida y afilada en mi hombro. Me vuelvo y es una tía de mi pueblo con la que apenas he hablado en mi vida, que no sé quién es, qué hace ni cómo caga. Arduamente recuerdo su nombre y además diré que tampoco me interesa.
Pese a que cuando se cruza conmigo por el pueblo jamás, bajo ningún concepto, me saluda, esa mañana, porque le ha salido del pirri, le da por ponérseme a hablar de su vida que no me importa ni lo más mínimo y que me aburre de manera sobrecogedora.
Educadamente sobrellevo su alocución demencial sobre cotilleos del pueblo que implican a personas que no sé ni quiénes son y que me da igual lo que hagan con sus existencias. Aquel ser me impone su perorata abyecta igual que un dictador impone el terror a un pueblo. Es decir que cerré el libro, me callé y me jodí.
Tengo un amigo, un señor de 67 años, que lo ha vivido todo y que no le aguanta las tonterías a nadie. Cada vez que alguien le habla en los trenes le dice: “No quiero hablar con usted. Déjeme en paz”. Y cuando el espontáneo responde indignado: “Oiga, que yo no he sido maleducado”, mi amigo lo tumba: “Yo no digo que sea usted maleducado. Lo que le digo es que no me hable. Que no me interesa usted para nada”.
Así me lo contó el otro día y yo no podía parar de reír.
A ver si ahora resulta que ser educado es tener que aguantar a cualquier jode-trayectos-de-tren que te cruzas por la vida como esta cotorra que me jodió gratuitamente el final de La montaña mágica porque le salió del buyuyu.
Y si esto es ser un antisocial pues yo lo soy y a tomar por culo.
Una posdata:
Gabriel Guerrero Gómez, autor de la epopeya Sillmarem (Equipo Sirius), se ha unido al clan de los blogosos. Desde ya se puede disfrutar de sus movidas interespaciales en Sillmarem, un blog muy visual que nace con mucha energía. Si os va la ciencia ficción de la buena o las aventuras en general seguro que os mola.
Hace años estaba yo leyendo La montaña mágica. Después de casi mil páginas, llegué al final de la novela una mañana en la estación, mientras esperaba el tren. Tras dos intensos meses de lectura, estaba en las últimas líneas, que encima son las que dan sentido absoluto a la historia. Estaba, digo, sobrecogido, anonadado por aquellos últimos párrafos culminantes cuando, de repente siento una mano gélida y afilada en mi hombro. Me vuelvo y es una tía de mi pueblo con la que apenas he hablado en mi vida, que no sé quién es, qué hace ni cómo caga. Arduamente recuerdo su nombre y además diré que tampoco me interesa.
Pese a que cuando se cruza conmigo por el pueblo jamás, bajo ningún concepto, me saluda, esa mañana, porque le ha salido del pirri, le da por ponérseme a hablar de su vida que no me importa ni lo más mínimo y que me aburre de manera sobrecogedora.
Educadamente sobrellevo su alocución demencial sobre cotilleos del pueblo que implican a personas que no sé ni quiénes son y que me da igual lo que hagan con sus existencias. Aquel ser me impone su perorata abyecta igual que un dictador impone el terror a un pueblo. Es decir que cerré el libro, me callé y me jodí.
Tengo un amigo, un señor de 67 años, que lo ha vivido todo y que no le aguanta las tonterías a nadie. Cada vez que alguien le habla en los trenes le dice: “No quiero hablar con usted. Déjeme en paz”. Y cuando el espontáneo responde indignado: “Oiga, que yo no he sido maleducado”, mi amigo lo tumba: “Yo no digo que sea usted maleducado. Lo que le digo es que no me hable. Que no me interesa usted para nada”.
Así me lo contó el otro día y yo no podía parar de reír.
A ver si ahora resulta que ser educado es tener que aguantar a cualquier jode-trayectos-de-tren que te cruzas por la vida como esta cotorra que me jodió gratuitamente el final de La montaña mágica porque le salió del buyuyu.
Y si esto es ser un antisocial pues yo lo soy y a tomar por culo.
Una posdata:
Gabriel Guerrero Gómez, autor de la epopeya Sillmarem (Equipo Sirius), se ha unido al clan de los blogosos. Desde ya se puede disfrutar de sus movidas interespaciales en Sillmarem, un blog muy visual que nace con mucha energía. Si os va la ciencia ficción de la buena o las aventuras en general seguro que os mola.
viernes, 9 de enero de 2009
cuentos
Comenzó a sucederme a principios de julio. Me vino una idea para un cuento. Uno breve de apenas página y media. Era Fantasmas, el que luego quedó finalista en El Viajero, suplemento de El País. Por cierto que se puede descargar aquí.
Mientras lo escribía vi el hilo de un nuevo cuento, y éste me llevó a un tercero, y éste a un cuarto y en esas sigo destapado ya 2009: empalmando cuentos que conducen unos a otros. Yo, que hasta la fecha sólo había escrito uno por año. Y me siento como un ciego que va palpando los muros del laberinto, avanzando por un camino ya trazado pero que desconoce. Van de la fantasía posible a la alucinación matemática. Otros merodean el terror. Y tengo la sensación de que ellos mandan, y no yo, cuando los escribo.
Por eso dejo aquí una ilustración de Marc Bou inspirada en el relato La luz encendida. Para darle sentido añado después el párrafo que da comienzo a la historia.

Todas las mañanas se inauguraban con ese instante de pánico. Un vértigo inconmensurable que enseguida se olvidaba y que en ningún caso reaparecía hasta el amanecer siguiente. Sucedía cuando, de lunes a viernes, a las siete en punto, se miraba en el espejo y tardaba un segundo en reconocerse. En esa franja irrisoria de tiempo se abría y cerraba el abismo como si fuera un ojo que parpadea. De inmediato recordaba su nombre, Herman Daem, y la tierra firme se materializaba de nuevo a sus pies. (La luz encendida)
¡Salud!
Mientras lo escribía vi el hilo de un nuevo cuento, y éste me llevó a un tercero, y éste a un cuarto y en esas sigo destapado ya 2009: empalmando cuentos que conducen unos a otros. Yo, que hasta la fecha sólo había escrito uno por año. Y me siento como un ciego que va palpando los muros del laberinto, avanzando por un camino ya trazado pero que desconoce. Van de la fantasía posible a la alucinación matemática. Otros merodean el terror. Y tengo la sensación de que ellos mandan, y no yo, cuando los escribo.
Por eso dejo aquí una ilustración de Marc Bou inspirada en el relato La luz encendida. Para darle sentido añado después el párrafo que da comienzo a la historia.

Todas las mañanas se inauguraban con ese instante de pánico. Un vértigo inconmensurable que enseguida se olvidaba y que en ningún caso reaparecía hasta el amanecer siguiente. Sucedía cuando, de lunes a viernes, a las siete en punto, se miraba en el espejo y tardaba un segundo en reconocerse. En esa franja irrisoria de tiempo se abría y cerraba el abismo como si fuera un ojo que parpadea. De inmediato recordaba su nombre, Herman Daem, y la tierra firme se materializaba de nuevo a sus pies. (La luz encendida)
¡Salud!
miércoles, 7 de enero de 2009
la palestina azul eléctrico
Le vi en una calle peatonal del centro de Valencia. Tenía como cuarenta años y debía dedicarse a una de esas profesiones in que implican vestir con aire juvenil. Fashion pero desenfadado.
Iba con su portátil metido en una funda muy guay, con dibujos de manchas de vaca. Un jersey a rayas, una chupa tipo Strokes, unos vaqueros deconstruidos y calzaba esas camper urbanas que tanto molan.
Ahora bien, si algo me llamó la atención, es la palestina que llevaba al cuello. No tenía nada que ver con aquella de Yasir Arafat cuando subió a la Asamblea General de la ONU. Ni siquiera con esas que exhiben los chavales alternativos.
No. Esta era azul eléctrico. Y conjuntaba que no veas con la chaqueta negra y sobre todo con los vaqueros. Supongo que por eso se la compró el hombre.
Pero yo, que soy un chungo, me puse a pensar que hubo un día en que llevar la palestina significó algo: un cierto compromiso (siquiera estético) con una idea o con una causa. Acertada, equivocada o simplificada no sé. Pero una causa al menos.
Recuerdo que en mi clase de periodismo había uno barbudo que venía siempre con la palestina puesta (la última vez que me lo crucé cargaba maletín y corbata). Era una pose para dárselas de algo. Pero al menos atribuía a esta prenda mítica una actitud.
Una de las muchas cosas que me alucina de nuestra sociedad es la capacidad que tiene para vaciar las cosas de contenido y significado, y convertirla en objetos de consumo sin alma o, dicho de otro modo, en chorradas. El ejemplo prototípico es el careto del Che que se vende en todos los mercados alternativos, o no, del mundo. Con la pasta que ha generado esa imagen los cubanos podrían vivir como jeques árabes del oro negro.
Hubo una vez en que la palestina constituyó un símbolo. Hoy las venden de todos los colores (morada, fucsia, amarilla) y te la pones porque está de moda y siempre va bien con el negro. Y tiene mala sombra eso en días como estos.
Es algo parecido a cuando Beth recuperó las rastas para las fashion victims. Flipé viendo a todas las pijas del contorno con truños rubios en la cabeza, casando con la moda Zara. ¿A quién le importa si un día las rastas fueron una poderosa seña de identidad casi religiosa y no sólo un modo alternativo de estar guapa?
Otro ejemplo: durante un tiempo curré en una ONG. Allí cayó por accidente una chica adicta al mundo de las apariencias y los escaparates. Había sido modelo, camarera de bar pijo y azafata de congresos, creo. Ella, tan atenta a lo estético, se dio cuenta enseguida de que sus combinados londinenses no pegaban ni con cola entre tanto barbudo y tanta tía con gafas. ¿Cómo lo solucionó? Enrollándose una palestina al cuello. Ahora sus botas moradas y sus minis, juzgó, ya no cantaban en una oficina llena de ordenadores amarillentos, manifiestos y refugiados políticos. Eso sí que es prete-a-porter.
Así son las cosas, al menos en nuestra minúscula parcelita del mundo. Si mirásemos afuera se nos caerían los pantalones, y no precisamente para lucir urban underwear de fantasía. Es curioso cómo la peña invierte tanto esfuerzo en cultivar lo externo. Y me divierte esa paradoja de que nosotros, seres humanos, esforzándonos tanto por ser diferentes unos de otros a base de peinados y modas, terminamos siendo tan iguales y uniformes. Me refiero al vestir, que es lo que importa.
Iba con su portátil metido en una funda muy guay, con dibujos de manchas de vaca. Un jersey a rayas, una chupa tipo Strokes, unos vaqueros deconstruidos y calzaba esas camper urbanas que tanto molan.
Ahora bien, si algo me llamó la atención, es la palestina que llevaba al cuello. No tenía nada que ver con aquella de Yasir Arafat cuando subió a la Asamblea General de la ONU. Ni siquiera con esas que exhiben los chavales alternativos.
No. Esta era azul eléctrico. Y conjuntaba que no veas con la chaqueta negra y sobre todo con los vaqueros. Supongo que por eso se la compró el hombre.
Pero yo, que soy un chungo, me puse a pensar que hubo un día en que llevar la palestina significó algo: un cierto compromiso (siquiera estético) con una idea o con una causa. Acertada, equivocada o simplificada no sé. Pero una causa al menos.
Recuerdo que en mi clase de periodismo había uno barbudo que venía siempre con la palestina puesta (la última vez que me lo crucé cargaba maletín y corbata). Era una pose para dárselas de algo. Pero al menos atribuía a esta prenda mítica una actitud.
Una de las muchas cosas que me alucina de nuestra sociedad es la capacidad que tiene para vaciar las cosas de contenido y significado, y convertirla en objetos de consumo sin alma o, dicho de otro modo, en chorradas. El ejemplo prototípico es el careto del Che que se vende en todos los mercados alternativos, o no, del mundo. Con la pasta que ha generado esa imagen los cubanos podrían vivir como jeques árabes del oro negro.
Hubo una vez en que la palestina constituyó un símbolo. Hoy las venden de todos los colores (morada, fucsia, amarilla) y te la pones porque está de moda y siempre va bien con el negro. Y tiene mala sombra eso en días como estos.
Es algo parecido a cuando Beth recuperó las rastas para las fashion victims. Flipé viendo a todas las pijas del contorno con truños rubios en la cabeza, casando con la moda Zara. ¿A quién le importa si un día las rastas fueron una poderosa seña de identidad casi religiosa y no sólo un modo alternativo de estar guapa?
Otro ejemplo: durante un tiempo curré en una ONG. Allí cayó por accidente una chica adicta al mundo de las apariencias y los escaparates. Había sido modelo, camarera de bar pijo y azafata de congresos, creo. Ella, tan atenta a lo estético, se dio cuenta enseguida de que sus combinados londinenses no pegaban ni con cola entre tanto barbudo y tanta tía con gafas. ¿Cómo lo solucionó? Enrollándose una palestina al cuello. Ahora sus botas moradas y sus minis, juzgó, ya no cantaban en una oficina llena de ordenadores amarillentos, manifiestos y refugiados políticos. Eso sí que es prete-a-porter.
Así son las cosas, al menos en nuestra minúscula parcelita del mundo. Si mirásemos afuera se nos caerían los pantalones, y no precisamente para lucir urban underwear de fantasía. Es curioso cómo la peña invierte tanto esfuerzo en cultivar lo externo. Y me divierte esa paradoja de que nosotros, seres humanos, esforzándonos tanto por ser diferentes unos de otros a base de peinados y modas, terminamos siendo tan iguales y uniformes. Me refiero al vestir, que es lo que importa.
lunes, 5 de enero de 2009
la ciencia ficción no quiere a tokio
Todos los que deambulamos por el mundillo hemos participado en infinidad de tertulias más o menos relajadas. Mis preferidas son las que tienen por escenario un restaurante chino. ¿Por qué? Ni idea.
En esas tertulias siempre llega el momento que podemos bautizar como el Momento Nombres, que es cuando unos y otros empiezan a recitar en retahíla los libros y los autores que más o menos les molan.
Me sucede siempre en este tramo de la conversación que me quedo con ganas de sacar a la palestra una novela. Y nunca lo hago. Una novela de ciencia ficción española de uno de los autores jóvenes más importantes y mediáticos de nuestro país que, no sé por qué, parece invisible para el mundillo. Tal vez me equivoque (y por ello invito a que se me corrija) puesto que, lógicamente, uno no se entera de todo lo que se habla por ahí. Y se habla tanto en este mundo…
El silencio respecto a esta novela de la que hablo no deja de ser desconcertante si se tiene en cuenta que el libro ha sido un éxito a todos los niveles y tiene muchas papeletas para convertirse en un miniclásico generacional. Más allá de cosas como el éxito de ventas (que lo tiene y lo retiene), esta obra posee la capacidad de marcar al lector como una carta de póquer.
Para muchos es la novela más redonda de este escritor dueño de un estilo portentoso. Un escritor con gran capacidad para la frase memorable y la metáfora deslumbrante.
Es ciencia ficción y no se esconde. En la contraportada lo dice bien claro. Con la “c”, con la “i”, la “e”, la “n” y todas las letras que vienen detrás. C-i-e-n-c-i-a-f-i-c-c-i-ó-n.
La historia se desarrolla en un futuro próximo y nos plantea una encrucijada moral derivada del avance tecnológico: la desnaturalización de la identidad, la memoria, los sentimientos y los afectos humanos como consecuencia del perfeccionamiento científico (drogas en este caso). Un mundo más que posible viendo el patio que nos rodea.
En fin. ¿Por qué tengo la sospecha de que este libro popularísimo, lleno de hallazgos formales, divertido, bueno y adorado no es tenido en consideración por los propios aficionados del género cuando sí lo hace el lector, digamos, generalista? ¿Es porque su autor sólo acometió la ciencia ficción cuando y como le dio la gana? En ese caso al menos no se escondió y dijo: “He escrito un libro de ciencia ficción”. Y su recompensa fue el éxito. ¿Será por eso, por haber triunfado, que no merece respeto?
En resumidas cuentas, siempre me llama la atención que, cuando se habla de ciencia ficción, nadie se acuerde de Tokio ya no nos quiere, de Ray Loriga.
Que se me corrija si lo que digo no es verdad, porque el único don sobrenatural que tengo es el de imitar a Epi y Blas y para nada el de la ubicuidad.
Una posdata:
Curioso el artículo que dedicó ayer El País a la cultura en 2009. En la parte referida al mundo editorial se pronostica el lanzamiento de menos títulos pero selectos y, en contrapartida, de la continua aparición de pequeñas editoriales independientes. Lo segundo suena muy bien, pero ¿realmente es posible dado el contexto actual?
En esas tertulias siempre llega el momento que podemos bautizar como el Momento Nombres, que es cuando unos y otros empiezan a recitar en retahíla los libros y los autores que más o menos les molan.
Me sucede siempre en este tramo de la conversación que me quedo con ganas de sacar a la palestra una novela. Y nunca lo hago. Una novela de ciencia ficción española de uno de los autores jóvenes más importantes y mediáticos de nuestro país que, no sé por qué, parece invisible para el mundillo. Tal vez me equivoque (y por ello invito a que se me corrija) puesto que, lógicamente, uno no se entera de todo lo que se habla por ahí. Y se habla tanto en este mundo…
El silencio respecto a esta novela de la que hablo no deja de ser desconcertante si se tiene en cuenta que el libro ha sido un éxito a todos los niveles y tiene muchas papeletas para convertirse en un miniclásico generacional. Más allá de cosas como el éxito de ventas (que lo tiene y lo retiene), esta obra posee la capacidad de marcar al lector como una carta de póquer.
Para muchos es la novela más redonda de este escritor dueño de un estilo portentoso. Un escritor con gran capacidad para la frase memorable y la metáfora deslumbrante.
Es ciencia ficción y no se esconde. En la contraportada lo dice bien claro. Con la “c”, con la “i”, la “e”, la “n” y todas las letras que vienen detrás. C-i-e-n-c-i-a-f-i-c-c-i-ó-n.
La historia se desarrolla en un futuro próximo y nos plantea una encrucijada moral derivada del avance tecnológico: la desnaturalización de la identidad, la memoria, los sentimientos y los afectos humanos como consecuencia del perfeccionamiento científico (drogas en este caso). Un mundo más que posible viendo el patio que nos rodea.
En fin. ¿Por qué tengo la sospecha de que este libro popularísimo, lleno de hallazgos formales, divertido, bueno y adorado no es tenido en consideración por los propios aficionados del género cuando sí lo hace el lector, digamos, generalista? ¿Es porque su autor sólo acometió la ciencia ficción cuando y como le dio la gana? En ese caso al menos no se escondió y dijo: “He escrito un libro de ciencia ficción”. Y su recompensa fue el éxito. ¿Será por eso, por haber triunfado, que no merece respeto?
En resumidas cuentas, siempre me llama la atención que, cuando se habla de ciencia ficción, nadie se acuerde de Tokio ya no nos quiere, de Ray Loriga.
Que se me corrija si lo que digo no es verdad, porque el único don sobrenatural que tengo es el de imitar a Epi y Blas y para nada el de la ubicuidad.
Una posdata:
Curioso el artículo que dedicó ayer El País a la cultura en 2009. En la parte referida al mundo editorial se pronostica el lanzamiento de menos títulos pero selectos y, en contrapartida, de la continua aparición de pequeñas editoriales independientes. Lo segundo suena muy bien, pero ¿realmente es posible dado el contexto actual?
viernes, 2 de enero de 2009
verónica leonetti
La ilustradora, fotógrafa y pintora Verónica Leonetti nació en Caracas, pero en sus obras nos trae algo decididamente del norte. Hay frío en sus ciudades colgantes e imposibles, apenas reveladas. Hay temperatura en sus peces de latón, atiborrados de humanidad, que sonríen y se dan calor como mamíferos. El sentido del juego recorre sus creaciones, donde el ojo reflejado en la ventana cobra tintes de alucinación y naturaleza. Ha participado en numerosas exposiciones individuales y colectivas, pero Internet nos hace de galería y podemos disfrutar de su obra en los blogs Verónica Leonetti, Pez de latón y La muerte del espejo. Pero las palabras no pintan mucho cuando de imágenes se trata, así que mejor que nos hable el espejo en mitad de su agonía.














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