lunes, 8 de diciembre de 2008

por qué el secreto

Muy a menudo lectores, amigos e incluso familiares me reprochan el celo secretista en que encierro mis trabajos. De hecho la carpeta del ordenador donde guardo lo que escribo se llama “laboratorio secreto”. Nunca dejo a nadie cuentos ni novelas no publicadas. Y mucho menos cosas que considero sin terminar y por tanto imperfectas. Tampoco soy dado a hablar de aquello en lo que ando metido, ni de proyectos, ni de planes, ni de esperanzas. Apenas me he confiado a un corrector-consejero, única persona que lee mis movidas en pleno proceso de trabajo.
Sé que mi actitud es injusta y egoísta porque precisamente soy muy dado a leer las obras de mis colegas y a comentarlas con ellos.
No me malinterpretéis: no es que me crea tan guay o que mis novelas me parezcan tan increíbles que merezcan ser protegidas como unicornios. No es eso. Hay una razón para el secreto y parece ser que hoy voy a contarla:
Hace seis años conocí a una chavala tremenda. De esas que te revolucionan las entendederas. Entonces yo acababa de saltar al mercado del ligue, de modo que seducía con el mismo estilazo que ciertos saqueadores de tumbas. En mis primeros intentos de abordaje al género femenil fui tan convincente como un ataúd con bocina. Puede decirse que era el hombre más seductor del mundo después de Boris Karloff.
La cuestión es que aquella morenaza de cuerpo mediterráneo, ojos negrísimos y cabello rizado le hacía dar volteretas a mis sentidos. Le eché los tejos. Resultó estar en mi sintonía: era una de esas hippies pijas, le molaba escribir, leía mucho y encima era música. Incluso estaba en una ONG. Surgió lo que se dice una “conversación mágica”. Es decir, una de esas que acaban en la cama.
Pero no tan rápido, vaquero. La primera noche sólo intercambiamos números y nada más. Eso sí, a las pocas horas recibí un sms en el que ella me decía casi textualmente: “mmm, soy el lobo feroz y tengo hambre”. Deducid por lógica qué personaje del cuento me tocaba interpretar a mí. Por mi parte no hubo queja en ello, así que quedamos para otro día. Esa noche, no sé por qué, no se me iba de la cabeza la frase “Son para comerte mejor…”
Y es ahí donde el principiante temerario cavó su tumba. Envanecido como estaba por lo inminente y fácil del triunfo, no se me ocurrió nada mejor que anunciarles a todos y cada uno de mis amigos: “Chavales, mañana he quedado con una morenaza que la ves y te desmontas. Y dice que es la loba feroz”.
Claro, eso de que José Miguel ligara era genuino breaking news. Un scoop de los que hacen época. Así que, en las horas posteriores, por toda la urbanización se propagaron voces del tipo: “Pues José Miguel ha quedado con una modelo de dos metros”. “Qué va, qué va”, rebatía otro. “Son dos gemelas suecas que vienen todos los veranos a España a hacer turismo sexual”. “De eso nada”, mediaba el tercero. “Son unas trillizas brasileñas licenciadas en sexología que fueron chicas playboy. Las tres: una en noviembre, otra en diciembre y la otra en enero”.
El correveidile tuvo como resultado que, para cuando llegaron las diez de la noche siguiente, a mi alrededor había no menos de diez personas esperando ansiosas para ver qué clase de diosa aparecía por la esquina. “¡Pichabrava!”, me decía uno. “Cuidado caperucita, que ya viene la loba feroz”, se burlaba el de más allá. “¿Queréis callaros, cabrones?”, les gritaba yo empujándoles para que se largaran.
De nada sirvió. Eran demasiados, estaban dispuestos a usar la violencia y no tenían nada mejor que hacer, puesto que esa noche no jugaba el Valencia.
La morena de rizos celestiales llegó. Iba con el traje de matadora. Y la sonrisa también. Sin embargo ésta se le borró en cuanto me encontró temblando como un cretino y acompañado a la fuerza por diez sujetos que la miraban con ojos viciosos y zafios. “Es ella, es ella”, murmuraban entre codazos lúbricos. “Qué cabrón el José Miguel. Cómo se lo monta”.
Y yo nada podía hacer.
“Hola”, me saludó mi pretendida algo apurada ante tanto espectador. “¿Por qué no sacas la guitarra y nos vamos a la playa?”, propuso coqueta. “¡Eso! ¡Eso!”, bramó uno de mis amigos. “¡Sácate la guitarra bien sacada, machote!”. “¡Sí, sí!”, rugió otro. “¡A ver qué tocas!”. “Seguro que rock duro”, vociferó el tercero. El corifeo de risas que vino después me resultó tan simpático como una fiesta de carnaval en el día de mi muerte.
Lógicamente esa noche no ligué por desconsiderado y por fantasma. Pero sobre todo por parlanchín. Es así de sencillo: desde entonces no he vuelto a contar a nadie mis planes hasta que se han hecho realidad. Y me va mucho mejor. En lo literario.

16 comentarios:

Juan José Tena dijo...

Que buenooo,me he reído un rato jeje.

José Miguel Vilar-Bou dijo...

Buenas, Juanjo. Pues yo no me reí, no...

Salva dijo...

No hay que subestimar el poder anticonceptivo de los "amigos"...

Por cierto, que al leer el trascendental título de este post creía que ibas a hablar del libro "El Secreto" o algo así.

José Miguel Vilar-Bou dijo...

¿Es que existe algo más trascendental que ligar?

Salva dijo...

Sí, el secreto para ligar, que has "olvidado" contar...

José Miguel Vilar-Bou dijo...

Créeme: entiendo más de cerámica amerindia en las zonas fluviales del Perú que de ligar.
Aunque dicen que llevar sombrero ayuda.

Enric Herce dijo...

¡Qué bueno!
Aunque yo creo que el tema literario es un poquito lo opuesto. A veces es necesario confiar en gente de confianza y correctores de estilo varios para evitar que la loba se nos coma. No es menos cierto que somos esclavos de nuestras palabras. :)

José Miguel Vilar-Bou dijo...

Y llevas más razón que un poseído. Stephen King cuenta en 'On writing' que tiene su pequeña "red" de lectores implacables e insobornables y que cada uno con su punto de vista mejora la novela al ver cosas que al propio autor se le escapan.
Es sano que un manuscrito pase por varios ojos críticos. De eso no hay duda. Y de hecho Salva, que es mi corrector y a pesar de ello amigo, me anima a "abrirme".

Salva dijo...

Ya que he sido desenmascarado, diré que soy implacable pero perfectamente sobornable. Eso sí, en el contrato que firmé con José Miguel me obligaba a entregarle el 50% del soborno percibido.

José Miguel Vilar-Bou dijo...

¿Por qué anda hoy tan resucitada la conexión Groucho-Woody Allen? ¿Será que es festivo?

David Mateo dijo...

:-S

Yo un día le dije a un colega que me iba a comprar el último Play Bloy del quiosco de la esquina y por bocas, se me adelantó y se lo llevó el primero. Pero vamos... eso no hace que me haya encerrado en mí mismo y pase contarle mis cosas literarias a los amigos de confianza.
Es saludable que la novela se desempolve y recibir críticas de unos y de otros. Pero, claro, cada maestro tiene su librillo.

José Miguel Vilar-Bou dijo...

Pues tu amigo fue un poco cabroncete. ¿Ves? Gracias a Internet esas cosas ya no pasan.
Como comentaba Enric, tu trabajo siempre ganará si otros lo enriquecen y te ayudan a ver lo que tú no puedes. Es curioso que cuando escribes una novela estás tan sumamente dentro de ella que errores evidentísimos se te pasan por alto. Y un lector alejado y neutro puede descubrirlos de un plumazo.
El proverbio es correcto, aunque en mi caso sería más bien aprendiz.

Magnus Dagon dijo...

Es curioso porque en términos de lo que dices del secretismo yo soy Jekyll y Hyde. En términos de relatos, no sólo es que los enseñe, es que no considero que el relato 'exista' hasta que alguien lo haya leído, lo considero un desvarío de mi mente atribulada; pero en el momento en que alguien lo lee, ya existe de verdad. Y la opinión de los demás me resulta valiosísima, porque gracias a ella tengo claro qué esperar de cada relato (y libro), y así actuar en consecuencia: mandarlo a un concurso importante o no, etc.

Pero con la vida sentimental, soy todo lo contrario: ni se me ocurriría decir nada hasta que no fuera una noticia del tipo 'salgo con alguien'. El motivo es el mismo que el tuyo: me gustó alguien, me correspondió, todo cristo se enteró y no hacía más que ser el centro de todas las comidillas, con la negatividad que eso trajo.

Por eso ni se me ocurre hablar de esas cosas a no ser que, o se lo diga a alguien 'lejano' (en el sentido de un conocido al que le cuentas un problema y sabes que no se irá de la lengua porque no es del círculo de tus otros amigos) o a alguien con quien tengo máxima (máxima) confianza.

Pero con los relatos soy todo lo contrario, muy abierto. Aunque luego en muchos de mis relatos acabo contando, de manera nada velada, mi vida sentimental.

José Miguel Vilar-Bou dijo...

Bueno, Magnus. En la realidad la moraleja del cuento va con cachondeíllo. No hay que tomársela muy en serio. Te lo digo yo.
De todos modos, lo de valorar, como dicen los italianos, es un casino (en el sentido de desastre). Sin ir más lejos tengo un amigo que me dice que pase de la novela y me dedique al cuento, que según él es lo mío, y otro me anima a darle a la novela.
A todos nos sucede que publicamos algo y uno dice que es pura mierda y otro que está bien. Es muy difícil orientarse a veces.

Jorge Ruiz dijo...

Pero entonces, ¿tienes cosas en el laboratorio secreto o no?

José Miguel Vilar-Bou dijo...

Buenas, Jorge. El laboratorio jamás deja de trabajar.