miércoles, 31 de diciembre de 2008

novelas en el camino

Me parece que hay dos tipos de novelas:
Las hay que te absorben y que te impulsan a leerlas con la ferocidad de quien vive una pasión (una pasión no es ninguna bicoca, dijo Javier Cuervo). Sucede cuando te acercas a El conde de Montecristo, de Alexander Dumas. O a El jugador, de Dostoievsky. O a La fiesta del Chivo, de Vargas Llosa. O a La mano izquierda de la oscuridad de K. Leguin. O a Sed de Champán de Montero Glez.
Pero luego hay otras que tienen una cualidad aún más maravillosa. Son las novelas del camino. Las lees sin aceleración. Sin ansia. No te enganchan como si fueran El código de da Vinci. No te vician como Los pilares de la tierra. Simplemente navegas por ellas como un barco de vela que ama la corriente que lo arrastra y cree en ella. Toda novela tiene alma. Estos libros de los que hablo tienen incluso respiración y voluntad. Te acompañan por la carretera. Van contigo y viven al mismo ritmo que tú. Sin prisas ni obsesiones. Como un amor al que se puede sobrevivir.
Me pasó por última vez en Milán con Un altro giro di giostra, de Tiziano Terzani. Me da igual que me llamen chulo si digo que, sólo por descubrir a Terzani, ha merecido la pena aprender italiano. Estuvo a mi lado más de dos meses. Avanzando sin ansias. Un día dos páginas, otro diez. Vivió conmigo. Nos subimos juntos a trenes y tranvías. Y pasamos horas en andenes, plazas, oficinas y algún aeropuerto. Y cuando lo terminé me sentí miserable por quedarme sin la gran humanidad de Terzani. Es exactamente la misma sensación de pérdida que cuando abandonas una vida y una ciudad, y te despides de ese amigo con el que bebiste mil noches y reíste y soñaste mil veces. Y lamentas perder su conversación, sus ideas, su energía.
Eso pasó cuando me despedí de Un altro giro di giostra.
También me acompañó en el camino La montaña del alma, de Gao Xingjan. Creo que tres meses estuve viajando con él por los Balcanes mientras el autor-protagonista lo hacía por la China de la Revolución Cultural. Sus amarguras de escritor y de humano eran las mías y muchas heridas e incertidumbres me las curaron sus páginas.
Indescriptible fue llegar a París en tren desde Bruselas a la vez que lo hacía en diligencia Julien Sorel, el prota de Rojo y negro, el libro que estaba leyendo en ese momento. Ni tampoco puedo olvidar la formidable tormenta que se formó sobre Vukovar mientras leía en el bus Moby Dick, en cuyas páginas la tempestad casi se lleva el Pequod.
Son libros que te hacen crecer, que son más sabios que tú y que te hablan, como sucede con La montaña mágica. No te apresuras en llegar al final porque los vives como si fueran vida. Y ¿quién quiere llegar al final de su vida?
Precisamente ando ahora terminando Un indovino mi disse, de Tiziano Terzani. Y de nuevo siento pánico ante la perspectiva de alejarme de este periodista humano y solar junto a quien todo parece más claro.
Es grande saber que detrás de un libro siempre viene otro. En este caso Sol de misterio (Equipo Sirius), de José Miguel Cuesta y José Rubio.

¡Salud! (Y felicísimo 2009)

6 comentarios:

MARIKO dijo...

Literatura excelente para acabar bien el 2008; y todas las novelas -de los dos tipos- que nos quedan por leer para empezar mejor el 2009.

Besos feliz año nuevo, a ti y a todos los lectores de este blog estupendo!

José Miguel Vilar-Bou dijo...

Ey, muchas gracias Mariko. Literatura que no falte. Y vidilla tampoco, que importa más.
Así que yo ya me despido hasta el próximo año porque ya mismo cojo el coche y me voy a una tierra incógnita sin Internet pero con mar. Mi sueño es volver el uno de enero a un país sin Belén Esteban en la tele y donde el mejor disco del año no sea el de Rosario.

Enric Herce dijo...

Feliz año, viajero.

José Miguel Vilar-Bou dijo...

Ey, Enric. Feliz año. Espero que volvamos a coincidir.

Salva dijo...

Y aún hay quien dice que es una pena que la vida sea demasiado corta para leer todo lo interesante que hay escrito. Lo verdaderamente terrible sería lo contrario: que faltara, no tiempo, sino literatura que llevarse a los ojos.

Por cierto, no fue Javier Cuervo quien dijo que vivir una pasión no es ninguna bicoca, sino Julio Bustamante.

Y si 2009 no es feliz, es su problema.

José Miguel Vilar-Bou dijo...

¿Ah, sí? Entonces en el texto donde me pasaste la frase hay un error y por tanto me tocará corregirlo de cierto lugar.
Sí, la idea de que no hubiese nada que leer da un vértigo que no veas, ¿verdad?