
Ignoro los
detalles de la anécdota, pero sí sé que, hace unos años, el escritor Javier
Marías escribió un artículo en el que se refería cruelmente a Iñaki Gabilondo
como un “avejentado periodista”. Por eso me sorprendió que, cuando meses
después Marías publicó nuevo libro, Gabilondo lo invitase al informativo que
dirigía en Cuatro para entrevistarle sobre su novela. Esta mano tendida no es
algo frecuente en el periodismo español, ni en España en general, un país
polarizado, rencoroso y revanchista. Detalles como ese son los que convierten a
Iñaqui Gabilondo en el profesional estrella de los medios (expresión que
imagino que él rechazaría) al que más admiro. Por eso me he lanzado a leer El
fin de una época, el libro en el que, con humildad y sencillez, el periodista,
consciente de que una manera de hacer periodismo, la suya, se muere (aunque con
matices), deja su legado a la nueva generación de profesionales y estudiantes.
Es un texto honesto y autocrítico, que habla de verdades inmutables y que
alerta de los peligros que nos acechan en el incierto mundo digital. Nada que
ver con los simplismos y extremismos mediáticos actuales que nos tienen a todos
tan paralizados y confusos. No me extenderé comentando el libro, sino que me
limito a transcribir algunas de sus frases más significativas y certeras:
En poco tiempo el
periodista ha pasado de creerse un liberado de la sociedad para vigilar al
poder a creerse un liberado del poder para vigilar a la sociedad.
Si el periodismo
no tiene algo de misión, entonces no tiene mucho sentido. Ahora el espíritu
empresarial se ha apoderado de todos los instrumentos de la organización. Está
incluso modificando la ética profesional.
El periodista
debería construir para el oficio una trinchera propia, un parapeto desde el que
defenderse cuando se transgredan los principios éticos, y no por razones
románticas, sino porque el último lugar en que el periodismo podrá conservarse
será allí donde sitúe su principio ético.
Se elige esta
profesión porque te importa el otro, tu semejante, y porque quieres hacer algo
que sirva a la sociedad. Si no son esas las razones, entonces es un oficio muy
mal elegido.
Ni el periodismo
ni los políticos son capaces de respetar el papel de los protagonistas de la
vida, y es esa la actitud que lleva a la gente a contemplar a unos y a otros,
periodistas y políticos, como miembros de una secta cuya naturaleza tiene poco
que ver con nuestra peripecia vital aunque se nutra de ella. Penetran,
succionan la sangre, abandonan a sus víctimas y continuan en su círculo
particular de todos los días.
Me horroriza
cuando alguien sentencia: “No me cabe la menor duda”, lo cual supone que tiene
el cerebro lleno de certezas. Ese es el tipo de persona que a mi juicio carece
del más mínimo interés. Me cuesta entender que ya tenga resueltos todos los
interrogantes que le plantee la vida, que no le quepa la menor duda donde a mí
me caben todas”.
Es legítimo
vindicar el derecho de las personas a cambiar su manera de pensar, por muy
periodistas que sean. No tiene sentido informar o opinar en función de lo que
se espera de ti, de lo contrario nos convertiríamos en impostores.
El temor a
defraudar es la razón por la que he visto cometer las más habituales traiciones
profesionales.
Intenta ser útil;
esa es mi traducción a escala adulta de la obsesión por cambiar el mundo cuando
tienes dieciocho años.
Las cosas me
parecen cada vez más complejas, más llenas de matices, y la paradoja es que hay
que contarlas de una manera más rápida, más corta, más impactante.
El mayor enemigo
de la libertad de expresión: el paro.
Desde mi
perespetiva, la situación corre el riesgo de irse al garete.